Por Yenisel Rodríguez Pérez
Ya es un hecho comprobado que todo poder tiene la propiedad de crecer como una bola de nieve. Pero también desde mucho existen vías para restringirlo. Para el discurso liberal la solución está en la división del poder en legislativo, ejecutivo, y judicial.
Muchas de las normas y tradiciones políticas ofíciales en Cuba se instituyeron en el segundo lustro del pasado siglo, con la naciente revolución de 1959.
Los grandes peligros que amenazaron al proceso impusieron medidas extraordinarias, pero que se anunciaban como provisionales.
Cuando la arena política transitó hacia otras formas menos radicales de defensa revolucionaria, eliminando lo poco que quedaba de la activa oposición interna, la dirección del Partido Comunista de Cuba y del Estado se fusionó en muchos aspectos y de forma ilimitada.
La autoridad se concentró y las desviaciones de las reglas democráticas y las normas constitucionales se justificaban con las frases “nosotros tenemos la verdad,” “todo lo tenemos controlado.”
Todo esto era dirigido por los máximos órganos dirigentes, los cuales no eran a su vez, regulados por ningún mecanismo de control orientado contra la concentración del poder político. Lo importante era que existía un poder revolucionario y popular.
¿Pero cómo sucedió que en tiempos de paz la dictadura del proletario, destinada antes que nada a liquidar la resistencia de la burguesía, se convirtiera en la dictadura del escalón superior del poder?
¿Cómo concretamente ser “maestro” y “dirigente”?
¿Significa eso que los dirigentes del partido deben convertirse en órgano especial de poder, que estarán por encima de todas las instituciones estatales?
¿Debe la dirección del partido convertirse en órgano especial del poder, que estará por encima de los restantes órganos?
¿Si el Comité Central es un órgano especial de poder, cómo controlarlo?
¿Se pueden protestar sus resoluciones por inconstitucionales?
¿Quién responde en caso de fracasar una medida decretada? Continue reading








