El apoyo mutuo

Kropotkin: El Anarquismo Darwinista.


Resumen: Una reflexion a proposito de el libro El Apoyo Mutuo de Kropotkin.

Kropotkin “La sociedad humana, sin la ayuda mutua, no podría ser mantenida más allá de la vida de una generación”.

Los estudios naturales, la biología la geografía y a su vez la historia, se rompieron en dos con la llegada en 1859 de “Origen de las especies” escrito por Charles Darwin. El evolucionismo como explicación de las especies abrió a la escena académica la postulación de un paradigma que aun en nuestros días tiene un gran impacto en la explicación del pasado de la naturaleza. Pero ese largo siglo XIX también se vio dinamitado por las punzantes palabras y acciones de hombres y mujeres rebeldes, dispuestos a transformar la humanidad basados en los principios de la libertad y en contra de la autoridad. No podría haber sido otro el resultado en un ambiente tan caldeado por ideas tan influyentes, como el reconocimiento en la escena europea de un teórico de la libertad que justifica su propuesta política, El Apoyo Mutuo, basado en la teoría del influyente naturalista.

Este breve escrito desarrollara las tesis expuestas en el libro elaborado por el escritor ruso, como una expresión de pelea contra los darvinistas competicionistas y a favor de la reivindicación de el apoyo como el factor de evolucion. Como lo recuerda Angel Capelleti en la introducción al texto en su tercera edición en español “Se trata de un ensayo enciclopédico, de un género cuyos últimos cultores fueron positivistas y evolucionistas. Abarca casi todas las ramas del saber humano, desde la zoología a la historia social, desde la geografía a la sociología del arte, puestas al servicio de, una tesis científico-filosófica que constituye, a su vez, una particular interpretación del evolucionismo darviniano”, pero que buscara alejarse de los planteamientos de Thomas Henry Huxley y Herbert Spencer quienes a su ves trataron de utilizar las tesis del darwinismo en una interpretación “Social” para explicar el comportamiento de los hombres pero a partir de la noción de la competencia como principio de evolución. Es por esto que el autor encontrara necesario “demostrar que las costumbres de apoyo mutuo dan a los animales mejor protección contra sus enemigos, que hacen menos difícil obtener alimentos (provisiones invernales, migraciones, alimentación bajo la vigilancia de centinelas, etc.)” y para esto observara como “En muchas vastas subdivisiones del reino animal, la ayuda mutua es regla general, la ayuda mutua se encuentra hasta entre los animales más inferiores y probablemente conoceremos alguna vez, por las personas que estudian la vida microscópica de las aguas estancadas, casos de ayuda mutua inconsciente hasta entre los microorganismos más pequeños”. Dentro de sus observaciones iniciales explicara como “Si tomamos un hormiguero, no sólo veremos que todo género de trabajo – la cría de la descendencia el aprovisionamiento, la construcción, la cría de los pulgones, etc.-, se realiza de acuerdo con los principios de ayuda mutua voluntaria, sino que, junto con Forel, debemos también reconocer que el rasgo principal, fundamental, de la vida de muchas especies de hormigas es que cada hormiga comparte y está obligada a compartir su alimento, ya deglutido y en parte digerido, con cada miembro de la comunidad que haya manifestado su demanda de ello”, y a su vez estos ejercicios de ayuda se pueden observar entre las termitas y las abejas. Así mismo observara como en las aves este gesto se repite, teniendo en cuenta que “La caza en grupos y la alimentación en bandadas son tan corrientes en el mundo de las aves”, que también es evidente en el periodo de las migraciones colectivas en donde hay un cuidado mutuo. Tras analizar diferentes y numerosos casos afirmara que “Se ve, por todo lo que precede que la guerra de todos contra cada uno no es, de ningún modo, la ley dominante de la naturaleza. La ayuda mutua es ley de la naturaleza tanto como la guerra mutua y esta ley se hace para nosotros más exigente cuando observamos algunas otras asociaciones de aves y observamos la vida social de los mamíferos”. Al desarrollar la observación de estos últimos, encontrara que “Las asociaciones y la ayuda mutua son regla en la vida de los mamíferos. La costumbre de la vida social se encuentra hasta en los carnívoros, y en toda esta vasta clase de animales solamente podemos nombrar una familia de felinos (leones, tigres, leopardos, etc.), cuyos miembros realmente prefieren la vida solitaria a la vida social, y sólo raramente se encuentran, por lo menos ahora, en pequeños grupos” y que estas condiciones se repiten entre grandes y pequeños animales, desde la asociación para la caza, como para la crianza de los mas pequeños Este amplio y puntual análisis ira dejando en el relato la conclusión de que si bien Darwin tiene en cuenta el papel de la competencia dentro de la evolución la expresión es empleada “mas bien como imagen o como medio de expresión, no dándole el significado de lucha real por los medios de subsistencia entre las dos partes de una misma especie”, encontrando que definitivamente “Mejores condiciones para la selección progresiva son creadas por medio de la eliminación de la competencia, por medio de la ayuda mutua y del apoyo mutuo”. Cuando el autor comienza a relatar la experiencia del hombre relatara como en los primeros momentos del aparecimiento de este, en la vida salvaje aun “veremos que las huellas más antiguas del hombre, que datan del período glacial o posglacial más remoto, presentan pruebas indudables de que el hombre vivía ya entonces en sociedades” y que en estas sociedades los “ salvajes de ningún modo constituyen “una turba de hombres y mujeres poco unidos entre sí, que se reúnen desordenadamente bajo la influencia de caprichos del momento”. Todos ellos, por el contrario, se someten a una organización determinada”. El análisis etnográfico de comunidades esquimales, del pacifico y de África entre otras tan solo le confirmaran que “Dondequiera que nos dirijamos, hallamos por doquier las mismas costumbres sociales, el mismo espíritu comunal. Y cuando tratamos de penetrar en las tinieblas de los siglos pasados, vemos en ellos la misma vida tribal, y las mismas uniones de hombres, aunque muy primitivas, para el apoyo mutuo. Por esto Darwin tuvo perfecta razón cuando vio en las cualidades sociales de los hombres la principal fuerza activa de su desarrollo máximo, y los expositores de Darwin de ningún modo tienen razón cuando afirman lo contrario”, características que demostraran que “Los hombres primitivos, como hemos dicho antes, hasta tal punto identifican su vida con la vida de su tribu, que cada uno de sus actos, por más insignificante que sea en si mismo, se considera como un asunto de toda la tribu”. Con el crecimiento de la población y la división social del trabajo se fue viendo aparecer las guerras y las estructuraciones verticales, pero a pesar de esto “mientras los guerreros se destruían entre sí, y los sacerdotes glorificaban estos homicidios, las masas populares proseguían llevando la vida cotidiana y haciendo su trabajo habitual de cada día”. El siguiente estadio de la evolución, el del barbarismo, fue mostrando como a pesar de que los grupos tribales fueron desintegrándose y recomponiéndose “muchas tribus fueron impotentes para oponerse a la desintegración: se dispersaron y perdiéronse para la historia. Pero las tribus más enérgicas no se dividieron; salieron de la prueba elaborando una estructura social nueva: la comuna aldeana, que continuó uniéndolas durante los quince siglos siguientes, o más aún”. Este nuevo estado traería consigo as su ves una complejidad en las relaciones, y la forma de solucionarlo fue mediante instituciones, “instituciones, imbuidas de cuidadosas consideraciones sobre qué puede ser útil o nocivo para su tribu o su confederación; y las instituciones de este género fueron transmitidas religiosamente de generación en generación en versos y cantos, en proverbios y tríades, en sentencias e instrucciones”. Al observar diferentes casos en Europa, Asia y América concluirá que “un mismo proceso de desarrollo se produjo en toda la humanidad, con uniformidad asombrosa. Cuando, destruida interiormente por la familia separada, y exteriormente por el desmembramiento de los clanes que emigraban y por la necesidad de aceptar en su medio a los extranjeros, la organización tribal comenzó a descomponerse, en su reemplazo apareció la comuna aldeana, basada sobre la concepción de territorio común. Esta nueva organización, crecida de modo natural de la organización tribal precedente, permitió a los bárbaros atravesar el período más turbio de la historia sin desintegrarse en familias separadas, que hubieran perecido inevitablemente en la lucha por la existencia”, marcando un desarrollo civilizatorio a tal punto que el “progreso -económico, intelectual y moral- que alcanzó la humanidad bajo esta forma nueva popular de organización fue tan grande, que cuando más tarde comenzaron a formarse los Estados, simplemente se apoderaron, en interés de las minorías, de todas las funciones jurídicas, económicas y administrativas que la comuna aldeana desempeñaba ya en beneficio de todos”. Ya la división social del trabajo había creado una clase social que poco a poco acumulando capitales, se impondría sobre la realidad de la mayoría, implantando relaciones de producción serviles con aquellos que se quedaban sin tierras y medios, pero a pesar de ello el autor nos señala que “El desarrollo más fuerte del feudalismo no pudo quebrantar la resistencia de la comuna aldeana: se aferraba firmemente a sus derechos; y cuanto, en el siglo noveno y en el décimo, las invasiones de los normandos, árabes y húngaros, mostraron claramente que las mesnadas guerreras en realidad eran impotentes para proteger el país de las incursiones, por toda Europa los campesinos mismos comenzaron a fortificar sus poblaciones con muros de piedras y fortines. Miles de centros fortificados fueron erigidos entonces, gracias a la energía de las comunas aldeanas; y una vez que alrededor de las comunas se erigieron baluartes y murallas, y en este nuevo santuario se crearon nuevos intereses comunales, los habitantes comprendieron en seguida que ahora, detrás de sus muros, podían resistir no sólo los ataques de los enemigos exteriores, sino también los ataques de los enemigos interiores, es decir, los señores feudales. Entonces una nueva vida libre comenzó a desarrollarse dentro de estas fortalezas. Había nacido la ciudad medieval.”.

En esta ciudad medieval se encontrarían tanto las relaciones de dominación por parte de los señores feudales, como las de solidaridad entre la gente común y silvestre que se asociaba manteniendo los niveles de apoyo ya trazados en el pasado, siendo la expresión de organización en la ciudad medieval “una federación doble: de todos los jefes de familia reunidos en pequeñas confederaciones territoriales -calle, parroquia, koniets- y de individuos unidos por un juramento común en guildas, de acuerdo con sus profesiones. La primera federación era fruto del crecimiento subsiguiente, provocado por las nuevas condiciones”, haciendo entonces de esta ciudad una “unión estrecha con fines de ayuda y apoyo mutuos, para el consumo y la producción y para la vida social en general, sin imponer a los hombres, por ello, los grillos del Estado, sino, por el contrario, dejando plena libertad a la manifestación del genio creador de cada grupo individual de hombres en el campo de las artes, de los oficios, de la ciencia, del comercio y de la organización política”. Al explicar la comoposicion de las guildas Kropotkin nos cuenta que “no era una Corporación de ciudadanos puestos bajo en control de los funcionarios del Estado; era una confederación de todos los hombres unidos para una determinada producción, y en su composición entraban compradores jurados de materias primas, vendedores de mercancías manufacturadas y maestros artesanos, medio oficiales, compaynes y aprendices. Para la organización interna de una determinada producción, la asamblea de todas estas personas era soberana, mientras no afectara a las otras guildas, en cuyo caso el asunto se sometía a la consideración de la guilda de las guildas, es decir, de la ciudad. Aparte de las funciones recién indicadas, la guilda representaba aún algo más”; esta propuesta de organización se contraponía a los intereses de los reyes y la nobleza, y pretendían mantener los lazos de solidaridad a pesar de las exigencias de los dominadores, al punto que “mientras los pretendidos pacificadores -los reyes, emperadores y la Iglesia- fomentaban la discordia, y ellos mismos eran impotentes contra los rapaces caballeros, el impulso para el establecimiento de la paz y la unión provino de las ciudades”. El periodo medieval fue entonces un momento de crecimiento de ciudades pero también de asociación y de federalización en donde “las ligas y las uniones entre pequeñas unidades territoriales, lo mismo que entre los hombres que se unían con fines comunes en sus guildas correspondientes, y también las federaciones entre las ciudades y grupos de ciudades, constituyó la esencia misma de la vida y del pensamiento de todo este período”, en donde uno de las mejores expresiones de esta mentalidad de época se aprecia en las construcciones de catedrales e iglesias, y esto “no solamente porque cada edificio y cada ornato arquitectónico fueron concebidos por hombres que conocían por la experiencia de sus propias manos cuáles efectos artísticos pueden producir la piedra, el hierro, el bronce o simplemente las vigas y el cemento mezclado con guijarros; no sólo porque cada monumento era el resultado de la experiencia colectiva reunida, acumulada en cada arte u oficio, la arquitectura medieval era grande porque era la expresión de una gran idea. Como el arte griego, surgió de la concepción de la fraternidad y unidad alentadas por la ciudad”. Pero la concentración de poder y la acción del naciente estado absolutista serian un rival fuerte frente a las acciones de los hombres del común, bien nos relata el autor cuando señala que “Durante dos o tres siglos, los jurisconsultos y el clero comenzaron a enseñar, desde el púlpito, desde la cátedra universitaria y en los tribunales, que la salvación de los hombres se encuentra en un estado fuertemente centralizado, sometido al poder semidivino de uno o de unos pocos; que un hombre puede y debe ser el salvador de la sociedad, y en nombre de la salvación pública puede realizar cualquier acto de violencia: quemar a los hombres en las hogueras, matarlos con muerte lenta en medio de torturas indescriptibles, sumir provincias enteras en la miseria más abyecta”, mecanismo que poco as poco fueron haciendo debilitar a la ciudad como entidad, cayendo en el yugo avasallador del monarca; aun así “la corriente de ayuda y apoyo mutuo no se apagó en las masas, y continuó fluyendo aún después de esta derrota de las ciudades libres”. Con la consolidación del estado, tras la centralización en la monarquía absolutista pero a su ves con el advenimiento de la sociedad moderna y las revoluciones burguesas, el ataque a las coaliciones de apoyo por parte de la burocracia centralista se vio agudizado llegando a el momento en que “al final del siglo XVIII., los reyes del continente europeo, el Parlamento, en Inglaterra, y hasta la convención revolucionaria en Francia, aunque se hallaban en guerra, entre sí, coincidían, en la afirmación de que dentro del Estado no debía haber ninguna clase de uniones separadas entre los ciudadanos, aparte de las establecidas por, el estado y sometidas a él”. A pesar de esto nos insiste en el hecho que “las instituciones de la comuna aldeana responden tan bien a las necesidades y concepciones de los que cultivan la tierra, que a pesar de todo, en Europa hasta en la época presente está aún cubierta de supervivencias vivas de las comunas aldeanas, y en la vida aldeana abundan aún hoy hábitos y costumbres cuyo origen se remonta al período comunal”. Uno de estos ejemplos nos lo demuestra las aldeas suizas donde “se conservan, hasta ahora, muchos hábitos y costumbres de ayuda mutua.

Las veladas para descascarar nueces, que se realizan por turno en cada hogar; las reuniones al atardecer para coser el ajuar en casa de la doncella que se va a casar; las invitaciones a la “ayuda” cuando se construyen casas y para la recolección de la cosecha, y de igual manera para todos los trabajos posibles que pudieran ser necesarios a cada uno de los comuneros; la costumbre de intercambiar los niños de un cantón a otro con el fin de enseñarles dos idiomas distintos, francés y alemán, etc., todo esto es un fenómeno completamente corriente”. Llegando entonces a su momento contemporáneo, Kropotkin nota que aunque “poblaciones enteras son periódicamente reducidas a la miseria y al hambre; las mismas tendencias vitales son despiadadamente aplastadas en millones de hombres reducidos al pauperismo de las ciudades; el pensamiento y los sentimientos de millones de seres humanos están emponzoñados por doctrinas urdidas en interés de unos pocos. Indudablemente, todos estos fenómenos constituyen parte de nuestra existencia. Pero el núcleo de instituciones, hábitos y costumbres de ayuda mutua continúa existiendo en millones de hombres; ese núcleo los une, y los hombres prefieren aferrarse a esos hábitos, creencias y tradiciones suyas antes que aceptar la doctrina de una guerra de cada uno contra todos, ofrecida en nombre de una pretendida ciencia, pero que en realidad nada tiene de común con la ciencia.” Ratificando su tesis primaria. Es por esto que concluye diciendo que “ Dicho más brevemente, ni las fuerzas abrumadoras del estado centralizado, ni las doctrinas de mutuo odio y de lucha despiadada que provienen, ordenadas con los atributos de la ciencia, de los filósofos y sociólogos obsequiosos, pudieron desarraigar los sentimientos de solidaridad humana, de reciprocidad, profundamente enraizados en la conciencia y el corazón humanos, puesto que este sentimiento fue criado por todo nuestro desarrollo precedente. Aquello que ha sido resultado de la evolución, comenzando desde sus más primitivos estadios, no puede ser destruido por una de las fases transitorias de esa misma evolución. Y la necesidad de ayuda y apoyo mutuos que se ha ocultado quizá en el círculo estrecho de la familia, entre los vecinos de las calles y callejuelas pobres, en la aldea o en las uniones secretas de obreros, renace de nuevo, hasta en nuestra sociedad moderna y proclama su derecho, el derecho de ser, como siempre lo ha sido, el principal impulsor en el camino del progreso máximo”.

Como se ha podido observar, Kropotkin a pesar de las estructuras mentales propias de su tiempo (el evolucionismo salvajismo, barbarie, civilización ya revaluado por diferentes autores) innova proponiendo toda una interpretación historiográfica en donde el desarrollo de la humanidad ha sido dado gracias al apoyo y a la organización social. Deja en el tinterillo la cuestión de la competencia como una fuerza destructiva mas no propositiva, y afirma de forma contundente que el hombre con el hombre han construido una sociedad en medio de los intentos de dominación, y que pueden por medio de una liberación del estado y la construcción de una sociedad libre de autoritarismos hacer de la humanidad una comunidad de apoyo muto social, sin explotación ni miseria.