A proposito de… Diccionario Anarquista de Emergencia

En la pasada feria del libro se hizo la presentaciòn de un texto que recoge lo mejor de los pensamientos de un par de anarquistas colombianos; a este evento de lanzamiento, invitaron a un profesor que aunque no milita abiertamente ha demostrado en muchas de sus expresiones y acciones las practicas de un anarquista. Ya que el texto de su intervencion no se ha difundido lo suficiente, y considero que es una bonita reflexion acà lo dejo:





El Acratario

(A propósito de un libro llamado Diccionario Anarquista de Emergencia)

Los diccionarios son el ejemplo gráfico de un sistema autoreferente, autopoiético y autoorganizado. Sus términos son definidos con otros términos contenidos en el mismo diccionario, dentro de una lengua o un saber que garantiza su propia estructura y reproducción, y establece la organización de sus elementos. Por tal razón, los diccionarios son tan pesados y redundantes como la descripción que acabo de hacer, graves como la sociología de Luhmann; útiles para entender el orden de las palabras y los conceptos, pero no para emanciparse de ellos; conservadores como las Reales Academias de la Lengua; totalitarios como sus autores, quienes intentan encerrar el pluriverso del mundo en el universo de los signos. Son museos semánticos que nos llevan a evocar a Kropotkin: “¡Pobre Velásquez! ¡Pobre Murillo! ¡Pobres estatuas griegas que vivían en las acrópolis de sus ciudades y que se ahogan hoy bajo los cortinajes de paño rojo del Louvre!” (Voz antimuseo).

Por fortuna para ustedes y para mí (pues no sé cómo se presenta un tesauro, quizás palabra por palabra hasta el aburrimiento final), el Diccionario Anarquista de Emergencia de Juan Manuel Roca e Iván Darío Álvarez no es un diccionario, sino un acratario, un laberinto que emerge detrás del Maestro de Escuela de Magritte y empieza por la A de la anarquía, donde cada muro es una salida, o una entrada a otro laberinto o a un campo abierto. Los términos no se agotan en otros términos, sino que se prolongan, se realizan en ellos, como la libertad soñada de Bakunin, tan diferente a las parcelas libres del liberalismo que limitan con las cercas de los vecinos y colonizan la ética con el mundo destructor de la propiedad privada.

El lenguaje del acratario es poético, no técnico como el de los lexicógrafos, y parece inspirado en la reflexión de Pèret contenida en el epílogo: “Al poeta le cabe pronunciar las palabras siempre sacrílegas y las blasfemias permanentes” (Epílogo: Poeta es decir revolucionario). Su arte es el del titiritero (“Manipulador profesional. Adulto irredento que juega todavía con muñequitos y que, para colmo, maneja con embrujo al niño que todos los mayores llevamos amordazado por dentro.” (Voz titiritero), pero a la inversa, o la viceversa, por la boca del Libélulo y Roca se equivocan y aciertan Bierce, Simone Weil, Armand, Emma Goldman, Marx, más Groucho que Carlos, Louise Michel, Volin, Herbert Read, Macedonio Fernández, Ernest Jünger, Saint Just, Prevert, Einstein (“La mayoría de quienes se jactan de tener muchos conocimientos, no recuerdan que los han adquirido leyendo a quienes privilegiaron la imaginación.” (Voz conocimiento), Wilde, Artaud, Bolaños, Genet, Rimbaud, Miguel Hernández, Ionesco, Benjamin, Orwell, Jaime Garzón (dice la voz corbata: “Hay quienes creen que al ponerse una corbata la vida empieza a ser real. Jaime Garzón, humorista colombiano asesinado por gentes que les sobraban balas, pero les faltaba humor.”), Bakunin, Kropotkin, Malatesta, Zuleta, Malraux, Arsitófanes, Boris Vian, Chaplin y hasta con mucha maldad Castro, Bolívar y Santander…y tantos otros. No todos son anarquistas, pero la mayoría de ellos tienen momentos de lucidez ácratas.

Los lectores pedantes (según el acratario quienes tienen o tenemos “la digestión intelectual difícil”. ‑Voz pedante‑), los detractores del anarquismo, de Roca y de Iván Darío, los anarfabetas (“Anarquistas anti-intelectuales que se ufanan de no saber leer ni escribir.” ‑Voz anarfabeta‑) y los contaminados por los stalinococos (“Bacterias que se agrupan como en racimo y que atacaron con frecuencia a los stalinistas (…) y a veces invadieron organismos de gentes cultas, inclusive de notables poetas que escribían loas a Stalin o diatribas, de acuerdo a lo que dictara la voz de su partido. ‑Voz stalinococos‑) dirán que la obra es una colección de citas ingeniosas, condimentadas con las ocurrencias de bar de los autores, o una sucesión de escolios, “aforismos, esquirlas, reflexiones y poemas” (Prólogo) tan incoherentes como el anarquismo que trata de reivindicar. Seguirán para siempre atrapados en el círculo de Ionesco: “Tomad un círculo, acariciadlo, ¡se volverá vicioso!” (Voz círculo), pues este acratario no está escrito para ellos. No es aconsejable que se alejen del Diccionario de Autoridades y se arriesguen así a perder sus referencias paternales y la seriedad de sus íncubos racionales. Sólo la risa (“reímos y reiremos porque la seriedad siempre ha sido amiga de los impostores”. Hugo Fóscolo. Voz risa) y el amor permiten seguir el camino a través de este laberinto, construido por dos anarcuchos vergonzantes, es decir por dos anarquistas viejos que no se reconocen en su propia definición (Voz anarcuchos). No obstante, con respecto al amor, los autores advierten de la mano de Groucho Marx que muchos, probablemente sus detractores, “lo confunden con la gastritis y, cuando se han curado de la indisposición, se encuentran con que se han casado” (Voz amor).

Los principales conceptos, valores, acontecimientos históricos, utopías y biografías del anarquismo están contenidos en el acratario; los que faltan seguramente serán incluidos por Norma en las ediciones próximas y los que sobran defendidos por Juan Manuel e Iván Darío en contra del dogmatismo de sus críticos, nosotros, los lectores. Las voces del texto mantienen todo el tiempo su hilaridad, pero también duelen, porque como nos lo recordó René Char, probablemente pensando en Ícaro, la “lucidez es la herida más cercana al sol” (Voz alas). Mediante la fábula de la pulga anarquista escrita por Trilussa, la cual se suicida inútilmente, pues hay suicidios útiles, con el propósito de detener el engranaje de un reloj que desgasta las ruedas y los piñones en beneficio de las agujas lujosas y parásitas, Iván Darío y Juan Manuel toman distancia del anarquismo adolescente, aquel que llama a la acción directa e irreflexiva en nombre de una libertad sin límites (Voz pulga anarquista). También del terrorismo revolucionario rechazado por Kropotkin y la mayoría de los anarquistas, de “la ilusión de que puede vencerse a la coalición de explotadores con unas libras de explosivos” (Voz terrorismo) y de la violencia autoreferenciada, como instrumentos políticos que en las manos de unos pocos han desvirtuado al movimiento ácrata. Al mismo tiempo advierten sobre el carácter corrosivo de los conversos, “aquellos que, al convertirse a lo que negaban, hacen tantos esfuerzos para que les crean su reciente postura que resultan más dogmáticos que sus nuevos copartidarios. Por lo general provienen de actitudes en esencia extremistas y devienen traidores. Más papistas que el Papa, más militares que los militares, más rentistas que los rentistas, más inquisidores y ortodoxos que sus antiguos persecutores. Se esfuerzan en borrar su pasado para que los nuevos aliados les crean y les den su bendición. Pueden pasar de orilla a orilla, de demócratas a nazis, de yonquis a cuáqueros, a las primeras de cambio. Son tantos los ejemplos en el mundo intelectual, que para señalarlos se haría necesario todo un diccionario.” (Voz conversos) Son los obdubilados de nuestro medio, casi digo intelectual, o quizás podría decirlo si con Dubuffet recordara que muchos intelectuales al “igual que la casta burguesa trata de convencerse y convencer a los otros de que su pretendida cultura (los oropeles que adorna con ese nombre) legitima su preservación.” (Voz intelectuales).

La defensa de la igualdad en la diferencia, de la libertad, la dignidad y la solidaridad va acompañada de la crítica al capitalismo, ese “espectáculo terrible pero sin nada de grandeza”, en palabras de García Lorca (Voz capitalismo), que contrasta con el funeral de Buenaventura Durruti en el relato de Kaminski: “No, no eran las exequias de un rey, era un sepelio organizado por el pueblo. Nadie daba órdenes, todo ocurría espontáneamente. Reinaba lo imprevisible. Era simplemente un funeral anarquista y allí residía su majestad. Tenía aspectos extravagantes, pero nunca perdía en grandeza extraña y lúgubre.” (Voz funeral). Dentro de esta crítica, la palabra anónima de los anarquistas emerge con toda su fuerza para caracterizar los accidentes de trabajo y también, por analogía, las violaciones de los derechos humanos en Colombia: “Los obreros lloramos a nuestros muertos, los patronos los entierran en las estadísticas” (Voz accidentes de trabajo). Desde la fuerza del “no”, entendido como “una de las más bellas palabras del idioma, no tanto por su sonido seco o lacónico como porque siempre ha sido pronunciada por espíritus valientes.” (Voz no), no queda titiritero autoritario con cabeza. Haciendo uso de una guillotina que encuentra su cuchilla más afilada cuando define con precisión al Ku Klux Clown: “Horda de payasos fascistas que odiaban el humor negro.” (Voz Ku Klux Cown) o cuando retoma a Abbie Hoffman: “las vacas sagradas sirven para hacer las más deliciosas hamburguesas” (Voz vacas sagradas), proclaman un antiautoritarismo radical y le rinden un homenaje a los autoricidas: “Aquellos capaces de matar toda autoridad, inclusive la suya propia. El niño que no obedece porque sí, ciegamente. El pensador que no se niega a disentir ni a repetir de manera servil otras ideas. El poeta insumiso. La mujer que es su propia musa, que es su propia inspiración. El guerrero que se niega a ir a la guerra porque sabe que su arma es la palabra. El objetor de conciencia. Los que se rebelan contra los pases hipnóticos de la fama. Los que escriben con tinta indeleble la palabra no. Los que no oyen el canto de sirenas del poder. En suma, quienes son capaces de vivir según su propia andadura por el mundo.” (Voz autoricidas). En el acratario no se le hacen concesiones a las “contradicciones en el seno del pueblo”, la voz de Bakunin resuena contra el autoritarismo socialista como una profecía: “Que el porvenir nos salve de las consecuencias desastrosas y embrutecedoras del socialismo autoritario, doctrinario o de Estado.” (Voz profecía). No nos salvó.

Bajo el convencimiento profundo y poético de que “hay que conocer la jaula para apreciar el viento” (Voz arte poética), el acratario propugna por un pensamiento y una acción críticas que no se funden en la ignorancia o en el simple inconformismo. Toma partido en forma permanente, porque sabe con Elsa Triolet que a pesar de las zonas grises, “las barricadas sólo tienen dos lados” (Voz barricada). Sin embargo, al lado de la canalla y de su papel se aleja de los falsos amigos y recoge la cosecha sembrada detrás de la cortina de hierro: “El capitalismo es la explotación del hombre por el hombre; el socialismo es lo contrario. Consigna callejera en un país del Este europeo de cuyo muro no queremos acordarnos.” (Voz sistemas); asimismo se acerca a los falsos enemigos del anticlericalismo anarquista, al afirmar con Malraux que Cristo es el único anarquista que ha tenido éxito (Voz Cristo) y distanciarse del amor y la caridad católicas: “Es muy posible que no haya nada más inútil que el amor del Papa a la humanidad.” La escuela, la democracia representativa, la televisión, el automóvil, la familia, el matrimonio, pasan por el ojo agudo de este antidiccionario, que permite las intersecciones con el feminismo, el ambientalismo y el internacionalismo. Estos visántropos son enemigos de las visas y partidarios de la abolición de las fronteras (Voz visantropos). La confesión de Unamuno es la misma confesión de Juan Manuel e Iván Darío: “Mi fondo era y es, ante todo, anarquista. Lo que hay es que detesto el sentido sectario y dogmático en que se toma esta denominación…” (Voz confesión).

La biografías de la segunda parte del acratario explican la reflexión condensada de Cristian Ferrer: “Cada vida de anarquista era la prueba de que una porción de la libertad prometida existía en la tierra.” (Voz biografía libertaria). Al lado de las vidas extraordinarias de Bakunin, Kropotkin o Malatesta surge Louise Michel y la lucidez de su testimonio vital e intelectual sobre la Comuna de Paris de 1871. La fuerza moral de su declaración cuando la condenan a diez años de destierro sintetiza el espíritu anarquista (el acratario no deja lugar para las dudas, o tal vez sí, los anarquistas tienen espíritu): “No me quiero defender. Pertenezco por entero a la revolución social. Declaro aceptar la responsabilidad de mis actos (…) Ya que, según parece, todo corazón que lucha por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, exijo mi parte. Si me dejáis vivir, no cesaré de clamar venganza y de denunciar, en venganza de mis hermanos, a los asesinos de esta Comisión”. (Biografía de Louise Michel). Ojalá la muerte nos espere tranquila en una sala, como a Louise Michel, quien murió en Marsella, mientras conversaba su última conferencia cone un grupo de trabajadores. También resulta difícil no rendirle un homenaje a Simone Weil, la filósofa judía de profundas convicciones cristianas y libertarias, que trabajó como obrera en Renault, el lugar donde según sus palabras la marcaron como esclava. Sobre ella, Juan Manuel e Iván Darío transcriben este pequeño fragmento de Simone de Beauvoir: “Me intrigaba por su gran reputación de mujer inteligente y audaz. Por ese tiempo, una terrible hambruna había devastado China y me contaron que cuando ella escuchó la noticia lloró. Estas lágrimas motivaron mi respeto, mucho más que sus dones como filósofa. Envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero”. (Biografía de Simone Weil). Ella es la representante, al lado de Tolstoi, de un anarquismo pacifista que no entendía la transformación como una simple ruptura radical, sino como un proceso de fortalecimiento del pueblo y los sujetos encargados de hacerla. Ante la extensión de los poderes globales contemporáneos sin ningún control, la nota de suicidio de Abbie Hoffman sólo puede estremecernos: “Es demasiado tarde. No podemos ganar. Se han hecho demasiado poderosos”. Las vidas del acratario no caben por su profundidad en esta presentación. Algunas, como la de Michel Onfray, no deberían tener un lugar él, están destinadas a un diccionario de anarcocapitalistas, al lado de neoliberales como David Friedman y Murray Rothbard. Como nos lo recuerda George Orwell, si olvidamos las diferencias que nos separan de quienes criticamos podemos terminar siendo iguales a ellos: “Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.” (Rebelión en la Granja).

En este tipo de eventos librescos se acostumbra a decir que estamos frente a una obra de consulta obligatoria, especialmente si se trata de un diccionario; éste no es el caso, el Diccionario Anarquista de Emergencia, aún se llama así, invita a una lectura libre, placentera, memoriosa, iconoclasta y, a pesar del tiempo y el lugar presentes en el reino de Uburibe, solidaria con los vencidos y esperanzadora.

Leopoldo Múnera Ruiz

Bogotá, mayo de 2008.