Tic Tac…

En homenaje a Mauricio Morales
Tic tac…

Tic tac tic tac
número que viene y va
ocho. siete
ya la cuenta va a empezar

Juega pronto
aprendiendo a ganar
con o sin las fichas
todos podemos entrar

simple, breve
es la forma de actuar
entre la niebla
mientras nadie ve ya…

el asi sabía ahcer
y asi sabía reir
un mundo con rabia
le corria en su sangre
y en la noche no le dejaba dormir
y por eso conspìraba para en el día construir

tica tac tic tac
numero que viene y va
seis, cinco
cuenta que va a acabar

y la tarde traía
entre libros de otro tiempo
recetas preferidas
para al mundo darle vuelo

y entonces seguía rodando por allí
buscaba voces y oídos con quien tratar
despues reñía con letras
buenas rìmas para hacer
sentir la indignación
de este mundo al revez

tic tac tic tac
cuatro, tres, dos
cada vez mas cerca
ya se acaba la función

y bien sabe que su hijo
muy pronto nacera
con gritos de gente
que no sabe que pasa

pero tranquilos incautos
para ustedes no es la sonrisa
solo es para el del lado
que nunca nos espera en su prisa

tic tac tic tac
numero que viene y va
tic tac tic tac
pronto va a llegar
uno.. cero..
tic tac tic

Un mundo nuevo ya ha brotado
que en su sueño
huele a libertad
ese mundo cantado
es, para quienes no lo creian
el de la tierra del nunca jamas

tic tac tic tac
nuevamente va a empezar
uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis
porque tus numeros puede que hallan llegado atras
pero tu cuenta tan solo ha empezado a andar

Y ese tiempo traido
lo regocijamos muchos
que sabemos que has sembrado
semillas de libertad
y ahora
debemos regar.

Tic tac tic tac
miluno, mildos
tica tac tic tac
millión, trillón

que la cuenta no termina
y no se detendra
hasta que el ultimo esclavo
se levante de su cama

Y ese dia, compañero
ese dia seremos nuevamente uno
en la lucha ganando
la lucha del tic tac

ahora…
a recoger el tic tac.

¿Por qué aceptar la democracia?

Constituciones, leyes y decretos rigen nuestra vida desde que nacemos. Supuestamente definen nuestras posibilidades y restricciones y nos fundan como parte del pacto social que en un origen, dicen, dio vida al estado. Todas estas normas que controlan nuestra cotidianidad existen y se justifican, materializadas místicamente sobre el papel, en la posibilidad que tienen todos los participantes de la sociedad de definir la carta fundamental, así como sus leyes ejecutorias: es decir, la posibilidad de cambiar la constitución y de poder participar en la definición de las leyes que la reglamentan. A la organización de este sistema político es al que le llaman democracia.

Basta ver, con un poco de calma, para realizar que esa posibilidad no solo es un sofisma de distracción, sino una excusa que mantienen como discurso tanto la burocracia estatal como las clases dominantes que de vez en cuando logran utilizar tal democracia para materializar sus fines particulares.

Es un sofisma por que hace virtual la toma de decisiones: intermedia este ejercicio con los políticos profesionales que, gracias a la utilización de la maquinaria de los partidos, tienen mayor capacidad de ser elegidos. Esta maquinaria, resultado de la utilización de clientelismo y corrupción (esenciales en la acción política organizada en la democracia), se ha trabajado ya por tanto tiempo, que para quienes no están insertos en este juego de conseguir votos y armar efectivas campañas, resulta casi imposible acceder a los puestos de elección pública. Aquellos que por suerte o habilidad logran integrarse de forma independiente a estos puestos, caen normalmente en esa práctica de construir sus propias clientelas, iniciando con ello el nuevo ciclo propio del burócrata estatal.

Es un sofisma también por que la representación no significa participación sino sesión de la libertad para que otro decida cuál es la forma mejor en que debemos comportarnos socialmente. Cuando un representante resulta elegido su programa normalmente no tiene retroalimentación con su base electoral, y aunque lograra recoger parte de las inquietudes de algunas personas, su cumplimiento estará atravesado por la capacidad de gestión sumada a la conveniencia que para el resto del aparato burocrático tenga dictar ese tipo de leyes. Resulta inquietante además, aunque los representantes se muestren como los más izquierdistas-populistas-progresistas, cuando ya están en los cargos de poder estos tienen como prioridad las agendas que les conviene como particulares, las de sus patrocinadores o las de sectores que logren hacer efectiva su influencia.

Lo más paradójico es que, aún funcionara fielmente el sistema de representación, hay otra falacia que se construye y es: creer que lo que sirve o es relevante para una región o grupo de personas lo será para la totalidad de la población. Esto no es más sino el delirio de la modernidad de dar soluciones generales a los problemas, sin tener en cuenta que muchas veces estos problemas son particulares, y que no siempre es necesario llegar a consensos totalizantes. Esta búsqueda arbitraria lo único que descubre es la ceguera de los poderosos al no reconocer las diferencias locales, es decir: las particularidades en los intereses y en los deseos. La democracia resulta entonces problemática en la medida que autoritariamente define, en los órganos legislativos que la conforman, leyes que deben cumplir todos y todas independientemente si les sirven o las desean todos o todas. Esta dictadura de las mayorías -en el mejor de los casos- solo es eso, una dictadura. En cuanto a la democracia como excusa para garantizar la reproducción de la burocracia estatal, habría que recordar que la organización de “la política” está basada en la lógica de los partidos políticos cuyo objetivo de existencia precisamente es tener el control del estado para promover su modelo de gobierno de acuerdo con sus preceptos ideológicos. Ello hace que esta profesionalización del ejercicio de la política sea el interés tanto de los partidos políticos como el de la burocracia estatal, esto es, la garantía de mantener siempre un sistema de supuesto acceso a los cargos públicos en que realmente lo que se vive es la ubicación constante de los mismos burócratas así sea en diferentes cargos. No importa cual altruistas sean ellos, lo que quieren es una plaza.

En una misma vía, la democracia es la posibilidad que tienen diferentes sectores de utilizar la burocracia estatal, y su capacidad de reglamentar la vida social, con el fin de obtener beneficios bajo sus propios intereses. Esta es precisamente la posibilidad que aprovechan diferente sectores económicos para conseguir leyes que protejan o impulsen sus negocios; también es la realidad de muchos grupos sindicales que se articulan a partidos políticos solo para obtener resultados favorables para sus afiliados, nunca discutiendo la esencia misma de la explotación sino buscando ablandar las consecuencias. No es de extrañar que en el mismo sentido recientemente grupos religiosos hagan carrera en la política para imponer cuestiones éticas por la vía de ley lo que no han logrado con la persuasión. Y así podría seguir numerándose, pero realmente lo que es fundamental es entender que el estado es un aparato que por medio de la vía democrática permite que accedan a los lugares de tomas de decisiones grupos que quieren garantizar definiciones para toda la sociedad que estén de acuerdo con sus intereses particulares.

Por último es de recordar que tampoco es necesario que estos grupos sean directamente los que ganen los escaños; especialmente los grupos económicos funcionan más desde la financiación de campañas y la compra, literal, de los representantes para que cumplan con sus objetivos corporativos. Y tan importante como esto es la influencia personal que algunos pueden ejercer, por no decir más, cuando altos jerarcas de la iglesia mandan comunicaciones personales a políticos buscando garantizar su control moral.

El punto es que el estado mediante la lógica democrática no garantiza ni siquiera su ideal que es favorecer a las mayorías, sino al contrario es un sistema político que garantiza es la acción corporativa de grupos que quieren hacer que el resto de la población siga sus normas. Y aunque lo garantizara hay una reflexión necesaria, que es la búsqueda angustiosa de los consensos y por lo tanto la negación sistemática del disenso. Para que son necesarias las constituciones y los aparatos legislativos nacionales, cuando muchas de las normas pueden consensuarse de forma local, pero además, cuando muchas más no son consensos reales sino imposiciones de algunos sectores o regiones que pretenden que así se comporte el resto. Esta visión unidimensional hace que la búsqueda de consensos nacionales limite la riqueza de las diferentes interpretaciones y universos de sentido que existen gracias a la esencia misma de diferencia que tenemos los seres humanos.

Ante esta lectura lo que muchos plantean como problema es que no se ha realizado en su cabalidad el proyecto democrático, y que la solución es la radicalización de la democracia. Muchos sectores críticos del actual estado de las cosas se recogen en esta postura, impulsando la idea de que no es que el sistema democrático sea malo, sino lo malo ha sido no aplicarlo en su cabalidad. El problema realmente es La Democracia, mas cuando para no perder su credibilidad plantea que la realización ideal no se ha materializado. Ese es la cosa, que la versión ideal es ideal, es decir inmaterializable, la versión que conocemos es la que existe y no otra. Lamentablemente para los románticos defensores de la democracia hay que afirmar que mientras se mantenga existiendo el estado la democracia radical, como la llaman, es imposible. Un régimen de participación directa, que es al que aluden los que creen en la democracia radical, solo es posible mediante el desmantelamiento de las organizaciones autoritarias que intermedian la acción social, y a eso, a esa forma de organización política y social es la que seguimos defendiendo con el nombre de anarquía, no como la democracia.

Bajo esta reflexión aparece una respuesta inmediata a la pregunta postulada como espina dorsal de este artículo: Aceptar la democracia es aceptar el autoritarismo del estado, la intermediación en la acción social, el manoseo privado para beneficiar a pocos y la constitución de una sociedad unidimensional que no acepta la diferencia. No hay razón para seguir aceptando la democracia, hay que construir nuevas formas de organización política y social en que se establezcan relaciones horizontales, solidarias y gestionadas comúnmente, autogestionadas por la comunidad.

Volver al control comunitario es una forma de evitar al estado.

Hay que romper la intermediación política del estado, volver a la relación directa entre nosotros y nuestros iguales, recuperando los espacios en que el estado nos remplaza, construyendo formas prácticas que solucionen las necesidades que han sido utilizadas por el aparato burocrático para justificar su existencia.

Buena parte de esta relación directa tampoco es algo nuevo, por el contrario es una de las dinámicas más cotidianas que tenemos con las personas que compartimos diferentes espacios. En la práctica generamos pactos de convivencia, comportamiento y solidaridad con nuestros allegados: las relaciones de pareja, por ejemplo, aunque existan espacios de imposición o resistencia también pactamos para compartir y construir; la amistad es un pacto de encuentros alegres, apuestas de afinidades en convergencia y hasta espacios de simple pacto para el silencio o la melancolía. Así podría seguir recordando las relaciones en la familia, con los colegas de hobbies, etc…

La pregunta es: ya que con ellos podemos pactar en lo cotidiano para nuestros juegos, amores y silencios ¿porqué no podemos también pactar con ellos para solucionar problemas de justicia, servicios y obras públicos, distribución de los excedentes sociales y demás? La respuesta a esta pregunta es clara: podemos hacerlo si lo queremos, si decidimos retomar el control de las decisiones de lo colectivo acabando con la cesión de nuestra voluntad a representantes que lo hagan por nosotros.

La anarquía es precisamente eso: terminar con la intermediación en la toma de las decisiones personales, no solo de aquellas que afectan a nuestro entorno inmediato, sino de todas las decisiones que nos involucran en la realidad social. Es acabar con los políticos profesionales y con los administradores públicos de carrera, asumiendo que cada uno de los que vivimos somos políticos y administradores sin que nos sea necesario pertenecer a un partido político o tener un diploma de alguna universidad.

El estado es una realidad histórica, creado por hombres de carne y hueso con necesidades e intereses específicos. Ningún estado ha sido una creación colectiva, todos han sido resultado de la monopolización de las decisiones sociales por unos pocos. Y para justificarse nos han hecho creer que son una organización natural en el desarrollo de la humanidad, en donde es una parte de la población, la sociedad política, la que debe decidir por el resto de la población, la sociedad civil. Esa mentira, justificada en la ilusión que solo unos pocos tienen la inteligencia, capacidad o moral para decidir qué debemos hacer el resto, fue impuesta sobre las mayorías con una combinación de fuerza y disuasión que crearon las condiciones para garantizar que el estado se extendiera controlando hasta las partes más intimas de nuestra realidad.

Precisamente ese control y esa burocracia es la que los anarquistas consideramos innecesarias, no solo porque no queremos más la barbarie y sadismo con el que se ha logrado mantener, sino porque no es indispensable tal desproporcionado aparato para llegar a consensos con nuestros iguales sobre lo que más nos interesa y necesitamos.

Es hora de pensar nuevas y viejas estrategias de gestión de lo público precisamente reconociendo las capacidades que tenemos de relacionarnos con el resto. Para arreglar los problemas de nuestras comunidades no necesitamos de intermediarios, tan solo de la voluntad y la paciencia para apostarle a escuchar y hablar, aceptando que no todos tenemos que estar de acuerdo con todo, y no hay por qué forzar el acuerdo, pero que aun así hay puntos en lo que podemos llegar a algunos acuerdos.

Frente a estas reflexiones no falta quien se atreva a decir, inocentemente y sin darle posibilidad a la novedad, que no podemos vivir sin un tercero que funcione como árbitro, y que para garantizar que no nos matemos unos a otros es necesario alguien que provea de seguridad a la comunidad. Lo más interesante de todo es que solo esas dudas están dadas por la interiorización que nos han hecho hasta el momento de la supuesta necesidad de una autoridad que nos controle para que vivamos de forma ordenada. Pero ese policía que todos llevamos dentro lo que realmente quiere es mantenernos adictos a la subordinación de un orden social que no colaboramos en decidir.

En cuanto al tercero como árbitro, es necesario que nuevamente volvamos a nuestras realidades cotidianas. En las relaciones de pareja o de amistad cuando hay alguna diferencia normalmente la solución se da partiendo de la discusión de las partes tratando de llegar a acuerdos. Cuando se dan cuenta que no se puede llegar a acuerdos se toma la decisión de terminar la relación o de buscar concejos con otros amigos. Pero si algunos amigos entran a aconsejar, nunca sus puntos de vista son dados como una imposición, sino como una interpretación alterna que puede o no tomarse en cuenta. La decisión al final solo la toman los involucrados.

Claro, es posible que muchos salten al leer lo anteriormente escrito y digan que existen casos de robo, violaciones y demás que no son tan simples de solucionar entre los involucrados. Y más razón no podrían tener. Pero también debo recordar que en cuanto a la criminalidad social no es de olvidarse que son precisamente las relaciones de dominación estatal, de explotación y acumulación capitalista, de machismo insensato, de totalitarismos culturales y demás, las causas que dan origen a buena parte de estos actos sociales. Cambiar estos ejercicios autoritarios nos permitirán reducir sustancialmente la criminalidad.

Aun así, en una sociedad libertaria es inevitable que habrán disputas y diferencias que se dirimirán apelando a la justicia de la situación, y para este momento si con la aceptación de consensos y disensos no es suficiente, habrá de pensar en otras prácticas de solución de conflictos que no impliquen ni la utilización de la violencia física, ni la negación de la individualidad. Seguramente deberemos afrontar la realidad que algunas personas no puedan ni quieran vivir en comunidad, y para ellos solo se les debe dar el respeto y la solidaridad, siempre garantizando que no vulneren los pactos realizados por otros.

Ahora, en cuanto a la seguridad de la comunidad no podemos más que reconocer que somos nosotros mismos los que debemos garantizarla. Cualquiera que se tome el derecho o la responsabilidad de hacerlo sólo podrá caer en la tentación de utilizar la fuerza para dominar al resto, y esa posibilidad no la podemos permitir. El ejercicio de la fuerza no puede ser monopolio de nadie, y el ejercicio de esta debe ser de responsabilidad y uso de todos y cada uno. Los ejércitos ni las policías son necesarios cuando todos podemos proveernos de la seguridad de forma colectiva, siempre dejando como principio que la utilización de la fuerza solo debe ser un ejercicio de autodefensa, que en la medida de las posibilidades no debe ser avocado.

Volver a la comunidad, la mejor forma de acabar con el estado.