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A caballo y vistiendo de muerte

Anda a casa de don Eulalio si quieres conocerlo, me dijo la abuela. Vive junto al arroyo, su casa tiene dos cuexcomates. Llévale este itacate a su mujer, dile que vas de mi parte. No hagas caso al ladrido de sus perros, son puro escandaloso.

Encontré aquella casa; paredes de adobe, techo de tejamanil y un tecorral rodeándola. Al llegar fui recibido por un remolino, levantaba polvo y basuras. Les nombran aires y dicen son espíritus que enferman al que cruza por su camino. Más bien, quien evocaba difuntos era don Eulalio…

Me impresionaban las narraciones del viejo combatiente. Él siempre usaba su sombrero de soyate y un bastón. Se sentaba en el brocal del pozo e iba ensartando recuerdos que se hacían palabras. Miraba un lugar impreciso en el horizonte, como si buscara un asidero en la lejanía, algo que le llevara de nuevo a su infancia. Tenía los ojos claros, creo que iba perdiendo la vista, lo mismo que el oído.

En el patio de su casa, entre macetas, varios chamacos nos acomodábamos para oír sus relatos, los que a veces eran ásperos o incomprensibles. Podíamos comunicarnos gracias a su mujer, ella le hablaba fuerte cerca de la oreja; “platícales cuando en la cañada corretearon a los soldados”, “diles de esa cueva desde la que miraban pasar las tropas”. Entonces, con voz cascada daba detalles sobre hechos perdidos, lugares olvidados y personajes desconocidos.

Pero nosotros deseábamos saber sobre la figura mítica; cuéntenos de Zapata, pedía alguno. Su mujer le repetía la solicitud, el anciano respondía sin voltear la cara; “te digo amigo, que era Miliano un cabrón, te lo digo yo que lo conocí.” No daba explicaciones, sin más hablaba de alguna característica del caudillo, de sus caballos o cosas menores. Tuvimos que esperar para saber porque lo nombraba así.

Otro día vino la pregunta. Quieren saber cómo es que te hiciste zapatista, le dijo a gritos su mujer. Ella misma respondió quedo; lo llevaron a la fuerza…

Aparecen aquellos hombres montando a caballo y vistiendo de muerte. Llegan para arrancar la infancia de Eulalio y llevarle a rastras hasta el fondo de esa guerra llamada revolución.

Es arrojado a un campamento insurgente, allí lo invade el desconsuelo. Se refugia en el llanto, qué otra cosa puede hacer a sus ocho años de edad. Ni siquiera eso le permiten. Lo azotan para callarle, pero los lloridos aumentan, después es amarrado de un gran árbol casaguate. Desprotegido, atado a la desolación, el tiempo transcurre con pesadez; los moscos atacan ávidos su rostro, la insolación destroza la conciencia. Se siente morir. Entonces algo extraño sucede. De la noche le nace el entendimiento. Quizá fue un aire el que le hizo comprender. Lo dice aquel murmullo que trae el viento, voces del delirio. Él escucha: …el sacrificio sustenta el mundo, no es vano ese sufrimiento… que no se entristezca tu corazón, solo un corazón valiente es digno… llega el enviado del nahual a restituir al tonal… mira los ojos del nahual… tu corazón es una flor ofréndala… los cuatro vientos te aguardan… Eso murmuran las palabras que vienen de lejos.

Fueron esas voces las que le hicieron resistir sin agua ni alimento. Hasta el segundo día le desataron con la advertencia de suprimir el llanto.

Se integra a un batallón, pero es demasiado tierno para cargar un arma, así que termina haciendo labores de cocina. Allí continúan los maltratos y golpes, pero nunca más se asoman las lágrimas. Se aferra a aquel rumor tranquilizador; el sufrimiento tiene sentido, no es en balde el dolor.

Uno a uno van amontonándose los días, ahora es más hábil para cocinar. El mismo general lo ha elegido como su cocinero personal. Es el encargado de preparar los alimentos para Zapata y tiene el deber de probar la comida delante del jefe, quien desconfía de todos y presiente que intentan asesinarle.

Debe ser cierto que el jefe es el elegido del nahual, su mirada se mete hasta los huesos y es imposible ocultarle algo. Todos lo saben, hasta los abuelos le reconocen un destino asombroso, la marca que tiene en el pecho lo confirma. Eso piensa Eulalio cuando ve a Zapata llegar al campamento y mostrar su predominio. Después, soportar el espanto que le ocasionan los ojos del general que lo observan detenidamente, mientras él mastica y traga lo que acaba de cocinar. Eulalio debe aguantar la humillación de ser considerado un potencial traidor que pudiera envenenarle. Cómo engañarlo, si aquellos ojos parecen escudriñar corazones, no hay quien pueda traicionarlos.

Eulalio quiere creer, confía en que Zapata sea el que refieren los más viejos, que los murmullos del viento sean auténticos. Tiene urgencia de esa ilusión, la necesita cuando el fuete del caudillo lo castiga. Así el dolor que le ocasionan los golpes tendrían sentido, y no serían solo la explosión de furia de un militar contra un niño indefenso.

Si lo trataban tan mal, don Eulalio ¿Por qué se quedó con ellos? Se escucha la vocesita salida de entre las macetas. Así, de por sí, se acostumbraba criar a los chirgos. No había consideración para náiden, ni siquiera pa’ los chamaquitos. Por eso no le guardo rencor a ninguno, más me vale, todos los que fueron mis compañeros son ahora difuntitos. Se fueron muriendo de a poco, en un principio eramos un chingo de gentes. A luego se fue acabando eso, terminamos escondiéndonos de a poquitos por el monte.

Así anduvimos hasta que se fue Miliano, porque no murió así como dicen. Él se fue para Arabia, con un su compadre. Por eso estuvimos mucho tiempo esperando que regresara, peleando ocultos en la montaña. Luego, se hizo acuerdo de enterrar las armas y ocultarse hasta la vuelta del general Zapata. Así se hizo. Pero todos se han muerto y él jamás regresó.

En el patio, el viento levanta polvo. Adivino murmullos de mitos que se han quedado atrás.

 

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