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Algo de Tarrio

La prisión asesinó a Xosé Tarrio el 2 de Enero del 2005. Un anarquista que luchó hasta la muerte contra el sistema carcelario.

En 1991 Xosé y su compañero Juan secuestran a personal carcelario para exigir el fin de las torturas contra los presos y la atención a enfermos terminales. Aquí un fragmento de su libro Huye Hombre Huye:

 

Comenzó la espera y los distintos teléfonos empezaron a sonar. Me llamaban de todas partes:
– ¿Quién es?
– ¿Eres Tarrío o Redondo? –me interrogó una voz.
– Soy Tarrío, ¿qué quieres y quién eres tú?
– Soy sargento de la Guardia Civil y quiero hablar con uno de vosotros.
– Habla –le invité.
– No hagáis daño a los rehenes que nosotros no vamos a intervenir, ¿de acuerdo?
– Ya veremos lo que sucede. Tú de momento mantén a tu gente lejos de nosotros, pues, eso sí, como veamos un traje de la Guardia Civil a menos de cinco metros, os enviamos un fiambre, ¿estamos?
– Nadie se va a acercar, tienes mi palabra, pero guardad la calma y no hagáis daño a nadie.

No le respondí y colgué el teléfono, por aquello del perfil psicológico. Aquello les haría pensar y entender que en ese momento nosotros éramos los que dictábamos las pautas a seguir y no ellos.

(…)

Era curioso, pero ahora que mi bestia había surgido, todos clamaban apelando a la razón y a la humanidad. Ahora que la violencia salía de nosotros, todos querían dialogar. Nos dejaban morir en prisión sin otros cuidados que el aislamiento y la porra; se nos asesinaba democráticamente sin miramientos y luego nos pedían humanidad, cuando ellos habían permanecido altivos e inabordables a la hora de otorgarla. ¿Qué humanidad se merecían aquellas personas que, desprovistas de los sentimientos fundamentales, en su corazón sólo albergaban un lugar para un manojo de llaves en el cual todavía resonaba el eco del grito que hablaba del hombre apaleado en la celda de castigo? Se merecían que les desnudásemos y, después de esposados, les propinásemos una buena paliza para que sufrieran en sus carnes el fruto de su honrada labor como verdugos de la sociedad. Pero aquello nos pondría a su altura.

Entre ellos y nosotros existían importantes diferencias; era demasiado fácil abusar de un hombre esposado y desnudo, cuando se tenía el poder. Lo difícil era no hacerlo, lo noble. No, nosotros no les haríamos daño, salvo que la policía intentase el asalto, y eso ellos lo sabían. Es en los momentos en los que se tiene poder cuando cada uno se muestra tal y como es. Así, quien es un bruto, actúa como un bruto; quien necio, con necedad; quien noble, noblemente; quien sádico, inevitablemente con sadismo: la naturaleza de las personas no hacía más que manifestarse. Por ello nosotros sencillamente, llegado el momento, actuábamos contra el despropósito, sin venganza.

 

 

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