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La propiedad privada es el robo

Miyazaki tiene una película llamada El Castillo de Cagliostro, la cual es una secuela del ladrón Arsenio Lupín, el personaje que creara el escritor Maurice Leblanc. Lupín es un romántico, un ladrón justiciero.

Para crear a Lupín el escritor se inspiró en la figura de  Alexander Marius Jacob, anarquista integrante de Los trabajadores de la Noche, organización cuya finalidad era expropiar a los explotadores para poder financiar la Revolución.

Los Trabajadores de la Noche hicieron atracos por toda Francia. Asaltaban castillos, palacios, iglesias, comercios. Tenían por ética no lastimar a los propietarios, y solo robaban a parásitos sociales; capitalistas, jueces, obispos, generales y respetaban a médicos, arquitectos, o artistas.

No fueron capaces de recolectar lo suficiente para armar la insurrección, pues siempre había una viuda, un preso, una huelga o una comunidad que necesitaban de su ayuda.

Después de cientos de robos, en 1903 Jacob, su madre, su compañera y los demás expropiadores son encarcelados. Jacob es recluido por veinte años en la Isla del Diablo, las mujeres encarceladas conventos.

Cuando regresa a Francia continua apoyando al movimiento libertario.

Aquí el texto de inculpación que Jacob leyó ante los jueces que lo juzgaban:

Ahora saben quien soy: un rebelde que vive del producto de sus robos. Aún más: he incendiado hoteles y he defendido mi libertad contra la agresión de los agentes del poder.

No reconozco a nadie el derecho de juzgarme, no imploro ni perdón ni indulgencia. Nada solicito a quienes odio y desprecio. ¡Son los más fuertes! Dispongan de mí de la manera que lo entiendan, envíenme al presidio o al patíbulo, ¡poco me importa! Pero antes de separarnos, déjenme decirles unas últimas palabras.

Ya que me reprochan sobre todo ser un ladrón, es útil definir lo que es el robo.

Para mí, el robo es la necesidad que siente cualquier hombre de tomar aquello que necesita. Esta necesidad se manifiesta en cualquier cosa: desde las estrellas que nacen y mueren igual que los seres, hasta el insecto que se mueve por el espacio, tan pequeño, tan ínfimo que nuestros ojos pueden apenas distinguirlo. ..

El trabajo es lo propio de una sociedad, es decir la asociación de todos los individuos para alcanzar, con poco esfuerzo, el máximo de felicidad. ¿Es ésta la imagen de lo que hay? ¿Se basan sus instituciones en una organización de este tipo? La verdad demuestra lo contrario. Cuanto más trabaja un hombre, menos gana; cuanto menos produce, más beneficio obtiene. El mérito no se tiene pues en consideración. Sólo los mas voraces se adueñan del poder y corren a legalizar sus rapiñas. De arriba a abajo de la escala social no hay más que infamia de una parte e idiotez de la otra. ¿Cómo querían que, lleno de estas verdades, respetara tal estado de cosas?
Un cantinero o un dueño de burdel se enriquecen, mientras que un hombre de genio va a morir de miseria en un hospital. El panadero que amasa el pan lo tiene en falta; el zapatero que confecciona miles de zapatos enseña sus dedos del pie; el tejedor que fabrica montones de ropa no tiene con que cubrirse; el albañil que construye castillos y palacios carece de aire en su infecto cuartucho. Aquellos que producen todas las cosas, nada tienen, y los que nada producen lo tienen todo. Tal estado de cosas no puede sino producir el antagonismo entre las clases trabajadoras y la clase poseedora, es decir holgazana. Surge la lucha y el odio golpea. Llaman a un hombre «ladrón y bandido», le aplican el rigor de la ley sin preguntarse si él puede ser otra cosa. ¿Se ha visto alguna vez a un casero hacerse ladrón? Confieso no conocer a ninguno. Pero yo que no soy ni casero ni propietario, que no soy mas que un hombre que sólo tiene sus brazos y su cerebro para asegurar su conservación, he tenido que comportarme de otro modo. La sociedad no me concedía más que tres clases de existencia: el trabajo, la mendicidad o el robo. El trabajo, lejos de repugnarme, me agrada, el hombre no puede estar sin trabajar, sus músculos, su cerebro poseen una cantidad de energía para gastar. Lo que me ha repugnado es tener que sudar sangre y agua por la limosna de un salario, crear riquezas de las cuales seré frustrado. En una palabra, me ha repugnado darme a la prostitución del trabajo. La mendicidad es el envilecimiento, la negación de cualquier dignidad. Cualquier hombre tiene derecho al banquete de la vida. El derecho de vivir no se mendiga, se toma. El robo es la restitución, la recuperación de la posesión. En vez de encerrarme en una fábrica, como en un presidio; en vez de mendigar aquello a lo que tenía derecho, preferí sublevarme y combatir cara a cara a mis enemigos haciendo la guerra a los ricos, atacando sus bienes… Ciertamente, veo que hubieran preferido que me sometiera a sus leyes; que, obrero dócil, hubiese creado riquezas a cambio de un salario irrisorio y, una vez el cuerpo ya usado y el cerebro embrutecido, hubiese ido a reventar en un rincón de la calle. Entonces no me llamarían «bandido cínico», sino «obrero honesto». Con halagos me hubieran incluso impuesto la medalla del trabajo. Los curas prometen el paraíso a sus embaucados; ustedes son menos abstractos, ofrecen papel mojado. Les agradezco tanta bondad, tanta gratitud, señores. Prefiero ser un cínico consciente de mis derechos que un autómata, que una estatua. Desde que tuve conciencia me dediqué al robo sin ningún escrúpulo. No entro en su pretendida moral que predica el respeto a la propiedad como una virtud mientras que en realidad no hay peores ladrones que los propietarios. Pueden estar satisfechos de que este prejuicio haya calado en el pueblo ya que es su mejor gendarme. Conociendo la impotencia de la ley y de la fuerza, han hecho de él el más sólido de sus protectores. Pero pongan atención; todo tiene un tiempo. Todo lo que se construye por la astucia y la fuerza, la astucia y la fuerza pueden destruirlo. El pueblo evoluciona cada día. Cuídense de que todos los muertos de hambre, todos los miserables, en una palabra, todas sus víctimas, instruidos por estas verdades, conscientes de sus derechos, armados con palancas, no vayan a asaltar sus casas para retomar las riquezas que ellos han creado y que ustedes les han robado. ¿Creén que no les conviene? Creo que todo lo contrario. Si lo piensan bien preferirán correr cualquier riesgo antes que engordarlos cuando ellos sufren la miseria. ¡La cárcel, el presidio, el patíbulo! Dicen. Pero qué son estas perspectivas comparadas con una vida embrutecida, llena de sufrimientos. El minero que gana su pan en las entrañas de la tierra, sin ver jamás el sol, puede morir de un momento a otro víctima de una explosión; el peón que anda por los tejados puede caer y hacerse mil pedazos; el marinero conoce el día de su partida pero ignora si volverá a puerto. Un buen número de obreros sufren enfermedades fatales por su oficio, se agotan, se matan de crear para ustedes; y hasta los gendarmes, los policías, que por un hueso que les dan a roer, encuentran la muerte en la lucha que emprenden contra sus enemigos. Aferrados en su egoísmo permanecen incrédulos ante esta visión, ¿no es así? El pueblo tiene miedo, parecen decir. Lo gobernamos con el miedo de la represión; si grita lo metemos en prisión; si se mueve, lo deportamos al presidio; si sigue, lo guillotinamos. Mal cálculo, señores, créanme. Las penas que infligen no son un buen remedio contra los actos de sublevación. La represión lejos de ser un remedio, un paliativo, no es sino una agravación del mal. Las medidas correctivas no pueden más que sembrar el odio y la venganza. Es un ciclo fatal. Desde que cortan cabezas, desde que llenan cárceles y presidios, ¿han impedido que se manifestara el odio? ¡Respondan! Los hechos demuestran su impotencia. Por mi parte sabía que mi conducta no podía tener otra salida que el presidio o el patíbulo. Y pueden ver que esto no me ha impedido actuar. Si opté por el robo no fue por una cuestión de ganancias sino por una cuestión de principios, de derecho. Preferí conservar mi libertad. Mi independencia, mi dignidad de hombre, que hacerme artesano de la fortuna de un amo. En términos más crudos y sin eufemismo alguno he preferido robar antes que ser robado. También yo repruebo el hecho por el cual un hombre se apropia violentamente y con astucia del fruto del trabajo ajeno. Pero es precisamente por esto que he hecho la guerra a los ricos, ladrones de los bienes de los pobres… También yo quisiera vivir en una sociedad en la que el robo fuera desterrado. No apruebo y no he usado el robo sino como medio de rebelión para combatir el más inicuo de todos los robos: la propiedad individual. Para destruir en efecto hace falta destruir su causa. Si hay robo es porque hay abundancia de una parte y escasez de otra; es porque todo no pertenece más que a unos pocos. La lucha no acabará hasta que todos los hombres pongan en común sus alegrías y sus penas, sus trabajos y sus riquezas; hasta que todas las cosas pertenezcan a todos.

Anarquista revolucionario he hecho la revolución. Venga la Anarquía.

Alexandre Marius Jacob

 

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