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Se impone la rabia

La mañana es oscura. Abordamos el camión que va con rumbo a X. Me dirijo, en compañía de ella, a una asamblea. Es una reunión importante, dice. No da más detalles.

X es un poblado bastante común, salvo la zona arqueológica, todo en él es ordinario. En contraste, los alrededores son sobresalientes; dos enormes cerros en medio del llano y un horizonte que inunda la vista.

Medio día, en un cuarto con paredes desnudas, inicia la asamblea. Los asistentes son curanderos de varios puntos de Morelos. Se reúnen ante la amenaza del gobierno estatal, por criminalizar la medicina indígena.

Al inicio de la reunión, se recuerda que la medicina tradicional, fue reconocida como parte de la cultura de los pueblos. Así, el Estado admitía en el médico tradicional a un terapeuta, con los mismos derechos de un médico académico. Incluso, documentación oficial validaba su práctica médica y les acreditaba ejercer en Centros de Salud. A las parteras les alentaba encaminar nacimientos domiciliarios, pudiendo emitir constancias de nacimiento. Pero, todo eso, parecía acabarse.

Sucede que los burócratas en el poder proclaman su intolerancia; modificarían la reglamentación, para ilegalizar a los médicos tradicionales, sancionando a quienes realicen curaciones sin tener cédula profesional.

Entonces, los asistentes fueron tomando la palabra. Algunos manifestaban desaliento. Otras mostraban coraje. Varios hablaban de actuar e impedir tal abuso. Mucho se decía y se divagaba.

Luego, ella tomó la palabra. Opinaba que para impedir ese reglamento, era preciso informar a las comunidades, ya que las comunidades eran capaces de detener la sinrazón del gobierno. Y como ejemplo, mencionaba un suceso ocurrido en ese mismo lugar, en donde; “el pueblo tuvo el valor de defenderse del crimen y hacerse justicia. Y si los gobernantes nos agreden, seguiremos el camino que este pueblo tomó”.

Sus palabras provocaron una ovación. Aunque, en los habitantes del lugar, hubo signos de turbación; miradas al suelo y muecas de desaprobación. Pese a que ella evitó hablar explícitamente de dicho acontecimiento, era evidente que todos sabían a que se refería. Poco después, pude conocer los detalles.

Terminada la asamblea, me encamino hacia un cerro cercano, me acompaña un vecino del lugar. Avanzamos hasta llegar a la ladera de la montaña, en donde un gran amate penetra con sus raíces la roca. El ambiente es invadido por el monótono sonido de los insectos. Fue que recordé las palabras de ella en la asamblea. Consulto a mi acompañante, él da detalles sobre el suceso aludido.

Según su testimonio, el pueblo linchó a unos secuestradores:
Eran tres desconocidos, supuestos vendedores, que intentaron robarse a una niña. Algunos muchachos avisan a la madre, la cual pide ayuda para atraparlos. Rápidamente se reúne una multitud que alcanza a los sujetos, y a golpes los baja de su auto. Luego, la misma gente, los encierra en la agencia del pueblo.

Una masa de personas se junta en la plaza, discuten sobre el destino de los detenidos. En tanto, llegan policías a rodear el lugar, traen la intensión de liberarlos. La presencia policíaca enardece a la gente, pues, hace evidente la complicidad de las autoridades con los criminales.

Así, en apresurado juicio sumario, la multitud decide ejecutarlos.

Uno a uno, son sacados de su encierro y golpeados hasta perder la conciencia, para finalmente rematarlos de un escopetazo. El último en morir, no recibe tiro de gracia, es colgado del aro de la cancha de basquetbol. Ahí se queda, hasta que los policías bajan el cadáver.

Luego de escuchar el testimonio, siento la urgencia de alejarme.

Una ráfaga de aire levanta la hojarasca. Me despido. Regreso apresuradamente al pueblo. Al pasar junto a las canchas, evito voltear la mirada.