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Y la guerra apenas ha comenzado *

 A los niños perdidos

En el gran cuerpo social del Imperio, en el gran cuerpo social del Imperio que tiene la consistencia y la inercia de una medusa varada, en el gran cuerpo social del Imperio que es como una enorme medusa varada con toda su redondez sobre toda la redondez de la Tierra, se han plantado electrodos, centenares, miles de electrodos, un número increíble de electrodos.
De tipos tan diversos que incluso ya los hay que ni parecen electrodos.
Esta el electrodo Tele, por supuesto, pero también el electrodo Dinero, el electrodo Farmacéutica y el electrodo Jovencita.

Por medio de estos miles, estos millones de electrodos, de naturaleza tan diversa que he renunciado a contarlos, se mantiene el encefalograma plano de la metrópolis imperial. Por estos canales, imperceptibles para la mayoría, se emiten sin pausa las informaciones, los cambios de ánimo, los afectos y contra-afectos susceptibles de prolongar el sueño universal. Y notar que paso por alto todos los dispositivos de captura agregados a estos electrodos, sobre todo periodistas, sociólogos, policías, intelectuales, profesores y demás agentes de un incomprensible voluntariado al que se le ha delegado la tarea de orientar la actividad de los electrodos.
Es conveniente mantener un cierto nivel de angustia con el fin de preservar la disponibilidad general a la regresión, el gusto por la dependencia. No por casualidad se difunde en el momento oportuno tal o cual sentimiento de terror, de conformismo o de amenaza. Nadie debe librarse de esta posición infantil de pasividad hastiada o pendenciera, de saciedad entumecida o de reivindicación quejosa que produce el malvado murmullo de la incubadora
imperial. Se dice “el tiempo de los héroes ha pasado”, con la esperanza de enterrar junto a él toda forma de heroísmo. El sueño de la época no es el buen sueño que procura el descanso, sino más bien un sueño angustiado que os deja más exhaustos todavía, deseosos solamente de volver a él para alejaros un poco más de la irritante realidad. Es la anestesia que requiere una anestesia aún más profunda. Aquellos que por suerte o por desgracia se sustraen al sueño prescrito, nacen a este mundo como niños perdidos. ¿Dónde están las palabras, dónde la casa, dónde mis antepasados, dónde están mis amores, dónde mis amigos?
No existen, mi niño. Todo está por construir. Debes construir la lengua que habitarás y debes encontrar los antepasados que te hagan más libre. Debes construir la casa donde ya no vivirás solo. Y debes construir la nueva educación sentimental mediante la que amarás de nuevo. Y todo esto lo edificarás sobre la hostilidad general, porque los que se han despertado son la pesadilla de aquellos que todavía duermen.

La superación viene siempre de otro lugar

Aquí prevalece la regla de no-actuar, que se expresa así: la fecundidad de la acción verdadera reside en el interior de ella misma; podría decirlo de otro modo, podría decir: la acción verdadera no es un proyecto que uno realiza, sino un proceso al cual uno se abandona.
Quien actúa, actúa hoy como niño perdido.
La errancia gobierna este abandono. Vagamos. Vagamos entre las ruinas de la civilización; y precisamente porque se encuentra en ruinas, no nos será dada la posibilidad de enfrentarla. Es una guerra bien curiosa esta en la que nos hallamos comprometidos. Una guerra que requiere que se creen mundos y lenguajes, que se abran y ofrezcan lugares, que se constituyan hogares, en medio del desastre.
Existe esa vieja noción, bolchevique y, ciertamente, un poco frígida: la construcción del Partido. Creo que nuestra guerra es la de construir el Partido o, más bien, la de dar un contenido nuevo a esa ficción despoblada.

Una sociedad que ha agotado el conjunto de sus posibilidades vitales tiene buenas razones para juzgar como “terrorista” todo aquello que se experimente más allá de ella

Charlamos, nos besamos, preparamos una película, una fiesta, una revuelta, encontramos un amigo, compartimos una
comida, una cama, nos amamos, en otras palabras: construimos el Partido.
Las ficciones son cosas serias. Necesitamos ficciones para creer en la realidad de lo que vivimos. El Partido es la ficción central, la que recapitula la guerra en curso.
En los últimos siglos del Imperio Romano todo estaba desgastado por igual. Los cuerpos estaban fatigados, los dioses moribundos y la presencia en crisis. Desde las cuatro esquinas de un mundo en exilio, resonaba el mismo ruego: que se termine con esto. El fin de una civilización espoleaba la búsqueda de otro comienzo. Vagar apaciguaba el sentimiento de ser extranjero en todas partes.
Era necesario librarse del comercio de los civilizados. Y mientras célebres sectas experimentaban singulares formas de comunismo, algunos buscaban en la soledad el éxodo necesario. Se llamaban a sí mismos los monachoï, los solitarios, los únicos. Se acomodaban en el desierto, solos, a decenas de kilómetros de Alejandría; y pronto fueron tantos, esos solitarios, esos desertores, que tuvieron que inventarse reglas para una vida colectiva. Y la influencia que tuvo sobre ellos el ascetismo cristiano, los empujó a constituir los primeros monasterios.

Pero para el brujo, el más allá se encuentra aquí mismo

Y se puede afirmar que de los primeros monasterios nació, en poco tiempo, una civilización todavía más detestable que aquella que la había precedido, pero en cualquier caso nació de allí.
Digo esto para defender e ilustrar el valor estratégico de la retirada ofensiva. Es propio del arte de la guerra que en ciertos momentos valga más producir lugares y amistades que armas y escudos.
Quien se exilia, exilia; el extranjero que parte se lleva consigo la ciudad habitable.

No puede ser más que el fin de un mundo, avanzando

Los padres desaparecieron en primer lugar. Se fueron a la fábrica, a la oficina. Luego fueron las madres las que, a su vez, partieron a la fábrica, a la oficina. Y cada vez no eran los padres o las madres los que desaparecían, sino un orden simbólico, un mundo. El mundo de los padres desapareció en primer lugar, luego lo hizo el de las madres, el orden simbólico de la madre, que hasta entonces nada había logrado socavar. Y esta pérdida es tan incalculable y el duelo por ello tan enorme, que nadie consiente hacerlo. El Imperio resume el deseo de que un neo-matriarcado tome mecánicamente el relevo del difunto patriarcado. Y no hay revuelta más absoluta que aquella que desafía esa indulgente dominación, ese poder cordial, esa empresa maternal.
Los niños perdidos son los huérfanos de todos los órdenes conocidos. Bienaventurados los huérfanos, el caos del mundo les pertenece.
Lloras por lo que has perdido. Lo hemos perdido todo, en efecto. Pero mira a nuestro alrededor, hemos ganado hermanos, hemos ganado hermanas, tantos hermanos y tantas hermanas.
Ahora, sólo esta nostalgia nos separa, y eso es algo inédito.
Caminas, estás perdido; no encuentras en ningún lugar la medida de tu valor; caminas, y no sabes quién eres y no tienes valor, como el primer hombre.
Vas por los caminos.
Pero si no estuvieses tan perdido, no llevarías en ti esta fatalidad de encuentros.
Huyamos, ya es la hora; pero te lo ruego, huyamos juntos.
Fíjate en nuestros gestos, la gracia que nace en el interior de nuestros gestos; fíjate en nuestros cuerpos, cómo se intercambian con fluidez, cuánto tiempo hacía que no se abatía sobre el mundo tanta gratuidad.
Mira este abandono, cuan bueno es que nada pueda alcanzarnos.
Pero tú lo sabes, todavía hay muros contra ese comunismo.
Hay muros en nosotros, entre nosotros, que amenazan sin cesar.
No hemos dejado este mundo.
Aún hay envidia, estupidez, el deseo de ser alguien, de ser reconocido, la necesidad de valer algo y, peor aún, la necesidad de autoridad. Son las ruinas que el viejo mundo ha dejado en nosotros y que no hemos abandonado. A la luz de ciertos proyectores, a veces nuestra caída nos produce la sensación de una decadencia.
¿Adónde vamos?
Están los Cátaros, que detestan a los maridos mucho más que a los amantes. Están los Gnósticos, que encuentran más encanto en la orgía que en el apareamiento solitario. Está ese obispo de la Italia del siglo quince que sostiene hasta la excomulgación que una mujer que niega su cuerpo a un hombre que se lo pide por caridad, comete un pecado. Están los Begardos y las Beguinas, que viven en casas colectivas y que, en la extrema desocupación, pasan a hacerse visitas. Están los Espirituales, que aseguran que para los perfectos no existe el pecado; se llaman hermanos y hermanas y para ellos San Valentín no celebra la pareja, sino el día en que la dama puede ir con quien le plazca.
Y ahora están las metrópolis, apropiarse de lo inapropiable, fingir que ignoramos nuestra perdición, jugar a ser hombre, mujer, marido, amante, jugar a la pareja, ocuparse. Acomodarse al más penoso de los infantilismos como la cosa más seria del mundo. Olvidar, en un exceso de sentimientos, el cinismo al que nos condena la vida en las metrópolis, y hablar de amor, todavía y siempre, después de tantas rupturas.

¡¡¡ATTAC  el estercolero!!!

Aquellos que dicen que otro mundo es posible y no acreditan otra educación sentimental que la de las novelas y los telefilmes, merecen que se les escupa a la cara.
No conozco estado más abyecto que el estado amoroso.
Entre amar y estar enamorado hay toda la diferencia entre un destino que se asume y una condición que se padece.
Queremos extraer del amor toda posesión, toda identificación, para ser por fin capaces de amar.
La cuestión es saber si el comunismo es la propiedad colectiva o la ausencia de propiedad, para después saber qué es la ausencia de propiedad. El modo como nosotros practicamos el comunismo es el libre uso, es la puesta en común.
Decidir el libre uso de cierta cantidad de cosas que se poseen.
Lo que hacemos, mediante el compartir absoluto entre los seres, es darle a la forma exterior de la propiedad un contenido que la sabotea. Lo importante ahí no es el objeto compartido, sino el modo contingente en que se comparte, que siempre está por construir.
La orgía prueba solamente esto: que la sexualidad no es nada, nada más que un cierto punto en la distancia entre los cuerpos.

LA ATENCIÓN como contenido terrestre de la idea de amor

Si tuviese que definir el viejo mundo, diría que el viejo mundo es una cierta manera de ligar los afectos a los gestos, los afectos a las palabras, es una cierta educación sentimental que, realmente, ya no queremos más.
Si tuviese que definir la orgía, diría que se da cada vez que uno u otro perturba el vínculo existente entre los afectos y los gestos, entre los afectos y las palabras, y que otros le siguen.

No hay “transición hacia el comunismo”, la transición es la categoría del comunismo, del comunismo EN TANTO QUE EXPERIMENTACION

Intentamos extraer del amor toda posesión, toda identificación, para ser por fin capaces de amar.
En toda situación hay una cierta distancia que se da entre
los cuerpos. Esa distancia no es una distancia espacial, es una distancia ética, es la diferencia entre las formas de vida. La noción de amor, la intimidad, todo eso ha sido inventado para que algo así ya no pueda asumirse, para que ya no se pueda jugar con ella, para impedir a los cuerpos danzar y elaborar un arte de las distancias. Porque toda distancia es una proximidad, y toda proximidad es todavía una distancia.
Una cierta idea de juego, unida a la certeza de construir el Partido, nos mantiene a igual distancia de la pareja y del sórdido liberalismo.
Ya ves, el Partido son cuerpos, lugares, cuerpos que circulan.
Acuérdate, es en el fondo de la separación donde hemos encontrado el comunismo. No podríamos compartir nada que no quisiésemos compartir.
Si quieres, me gustaría mucho construir el Partido contigo, en fin, si estás libre…

* Transcripción de un cortometraje anónimo de 18’. Color, 2001.

 

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