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De indigencia, desamores y otras pestes

En conocido libro de Saint Exúpery, platican un zorro y un niño; ellos dicen que los vínculos afectivos nacen de la domesticación. Hacia el amor y la domesticación se dirigen mis pensamientos…

Fue Zote un personaje singular. Se le podía encontrar por las calles del barrio arrastrando fardos y acompañado por una multitud de perros. Era un ruco de los llamados piras, es decir, individuos que se han fugado de la realidad y que deambulan extraviados por la Tierra.

Si bien Zote no poseía nada, le era propia una esquina cochambrosa del callejón, la que ocupaba para almacenar un montón de cosas inútiles y para tenderse a ver pasar la existencia.

Aquel vagabundo llamaba la atención de los morrillos del rumbo. Y es que sólo él hacía aparecer a una criatura inusual. Por eso, se descolgaban en chinga pa’ sus chantes y regresaban cargando distintos guisos.

Ora Zote, venga a echarse un taco – gritaba alguno.

El aludido hacía un ademán para aplacar a sus perros, que ya comenzaban a gruñir. En seguida se incorporaba exhibiendo una sonrisa desdentada, al tiempo que extendía sus brazos para recibir los platos con comida. Se iba a donde los perros y a cada uno le convidaba. Luego se encaminaba hacia un estrecho hueco que separaba dos predios; se agachaba y comenzaba a chasquear los labios. No tardaba en asomar la cabeza una rata; ven acá Chucha, le decía. Cuando el confiado animal dejaba su escondrijo, se apreciaba que aquella ratota había sido domada por el Zote. La Chucha se paraba en dos patas para agarrar la tortilla que le ofrecía y hasta se dejaba que le acariciaran el lomo.

Cuentan que siendo joven, el Zote fue un hombre de “bien”; que trabajaba “honradamente” y vestía de traje y corbata. Pero una “mala” mujer lo entoloachó, le quitó hasta el último centavo y cuando ya no le sirvió, lo botó. Por eso, dicen, acabó hecho un “pendejito”.

Pero no todo lo que se cuenta resulta ser cierto.

Un buen día, conocí la historia neta del Zote, en voz de su hermana. Para empezar; Zote es un apodo, su nombre real fue Raúl. Él nació en una vecindad del callejón. Su padre le inculcó estudiar una carrera. Logró titularse y conseguir empleo bien remunerado, así pudo sacar a sus padres de aquel barrio podrido e instalarlos en fraccionamiento clase mediocre. Se enamoró y se casó. Pero Raúl volvió a enamorarse, y decidió compartir su vida con sus dos querencias. Por tanto, tuvo dos familias, dos casas y dos amores. Un lángaro pues. Él estaba enculado de dos mujeres, por eso no pudo resistir cuando ellas lo dejaran, no soportó quedarse sin sus amores. Entonces, desesperado se echó a las calles, entregado a su desconsuelo. Sus padres iban por él, pero Raúl siempre regresaba al callejón, aquel barrio de su niñez, a toparse de lleno con el atroz desamor.

Al conocer la historia de Zote, no pude evitar acordarme de la película de Win Wender; en donde el protagonista, abatido por el amor, camina desesperadamente intentando alcanzar el horizonte.

Y a todo esto, ¿qué fue del Zote? La muerte lo halló en pleno centro de la ciudad. Así da cuenta el pasquín de nota roja:

“… Una persona en condición de calle murió después de ser arrollada por un trolebús… al lugar acudió personal de la policía capitalina y elementos especializados de la procuraduría…. más de una hora tardaron los agentes en capturar a los fieros cánidos que impedían el levantamiento del cadáver… el tráfico vehicular se desquició en la zona…”

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