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Maztlatl

Bajo la sombra de los árboles comíamos ciruelas, de esas criollas que tienen una gran semilla. Eramos mi abuela y sus nietos, aún estábamos chirgos. Ella sentada sobre sus propias piernas flexionadas, al modo de los indios de México.  Llegó la vecina y platicaron en su lengua. Hablaban de la zorra que entró al gallinero y se llevó a la guajolota. Se entristecieron, los animales son queridos ─si no se les quiere se enferman, se quedan sin alma─, sacó el malacate para hilar algodón y empezó a contarnos aquella historia.

Cuando ella era una niña solo conocía su lengua, descubrió el castellano hasta que entró a la escuela y la obligaron a hablarlo. Antes todo fue goce, un juego eterno. La milpa era juego. El monte era juego. Recolectar hongos, juego. Buscar yerbas que curan, juego. Utilizar el telar, juego. Pero lo que mas le gustaba era acompañar a su madre al río mientras lavaban pañales. Las doñas de la ranchería  llevaban a sus críos, nadaban, atrapaban cangrejos, trepaban árboles  y descubrían su mundo. En la realidad infantil pañalear era sinónimo de diversión, entre las señoras significaba convivencia. Pañalear era el disfrute de la vida.

La niña que fue mi abuela, un día escuchó a las mujeres hablar de pañales, le extrañó que no tenía que ver con el rió ni sus juegos. Las personas hablaban, con desagrado, de animales que roban pollos Se dio cuenta que no se referían al pañal (maztlatl), sino a la zorra (también maztlatl). Ya que los adultos estaban ocupados, la niña fue con su abuela (la bisabuela pa´ mas señas) a preguntar por qué al pañal se le nombra igual que a la zorra. La anciana que molía cacao en el metate lo alejó del fuego y con solemnidad empezó el relato de maztlatl:

Los abuelos contaban que los antiguos no sufrían enfermedad, su alimento era su medicina. Ellos conocían todas las plantas, las curativas y las dañeras. Sabían que partes de los animales debían comer para estar sanos. Por eso jamás enfermaban pues mantenían el equilibrio en su cuerpo, sabían que los órganos son de naturaleza fría o caliente, el desequilibrio en la temperatura interior produce la enfermedad. Los antiguos eran sabios, podían comunicarse con animales o plantas, lo hacían a través de cantos no de palabras. La gente era fuerte, no necesitaba mucho alimento, incluso el pequeño fruto del madroño los satisfacía. No poseían nada, todo lo obtenían del monte. Andaban desnudos y toleraban el frío. Eran como venados, no permanecían en un mismo lugar. Cazaban persiguiendo a su presa hasta agotarla, hasta que se hacían uno con ella, finalmente el animal se entregaba voluntariamente. Eran hijos del monte y el monte los protegía. El maíz escogió a algunas personas, en sueños les enseñó a coamilear y a sembrar milpa. Hicieron rancho y echaron tortilla. Cuando los del errantes los visitaban, debían cubrirse con piel de zorra, para evitar que las mujeres se apegaran a ellos y se fugaran.

Algo así nos contó.

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