La economía civil y el Principio de Gratuidad (I)

Por Luigino Bruni

Experimento en jardines de infantes

Situación 1:

En 1998, en Haifa, por 4 meses se realizó un experimento en 10 jardines de infantes. Los padres llegaban tarde a retirar a los chicos y las maestras debían quedarse después de horario para no dejarlos solos. Por consejo de economistas, se decidió introducir una multa sobre la base de la teoría económica que ve la multa como un aumento del “precio de la flexibilidad”, buscando reducir el número de retrasos.

Resultado:

La introducción de la multa, lejos de obtener el efecto deseado, hizo aumentar los retrasos en un 40%.

Explicación:

Inicialmente los padres razonaban en esta lógica: “Las maestras, hasta las 16:00 hs. hacen el trabajo normal por el cual son retribuidas. Si me retraso, ellas me esperan y no dejan a mi hijo, sobre la base de otro principio: la gratuidad. Este comportamiento me induce una respuesta basada, no en la lógica del intercambio de mercado, sino en la gratuidad. Entonces, trato de llegar puntual”. Los padres sabían que el jardín funcionaba gracias a un “plus” de gratuidad de las maestras que no “mercantilizaban” los minutos no cubiertos en su contrato. La obligación moral de no instrumentalizar y aprovechar la gratuidad, llevaba a los padres a invertir recursos para llegar puntuales al colegio. Con la multa, los padres pensaron que el jardín podía funcionar también sin el “plus” de gratuidad y consideraron la multa como un precio, como el nacimiento de un mercado donde antes había un mecanismo distinto.

Conclusiones:

Un vez que nació el “mercado de los retrasos”, los padres empezaron a hacer sus cálculos en términos de costos y beneficios económicos. El contrato reemplazó la gratuidad.

Situación 2:

Seguidamente, cuando los directivos vieron que, con la introducción de la multa, las cosas no mejoraban sino todo lo contrario, se decidió quitarla.

Resultado:

La media de los retrasos no disminuyó y se mantuvo en los valores de la semana en que se aplicaba la multa.

Conclusiones:

Un vez que la gratuidad es reemplazada por el contrato, queda el contrato por siempre: “una vez que una relación se vuelve mercancía, queda mercancía por siempre”. Por lo tanto, si el mercado no protege el principio de gratuidad crea las premisas de su propio fin, como puso en luz el filósofo Martín Hollis (1998) en su “paradoja de la confianza” (Ver preguntas más abajo).

Conclusiones generales:

1. La gratuidad no tiene buenos sustitutos: igual conclusión se desprende de la búsqueda del sociólogo Titmuss sobre las donaciones de sangre (son de mejor calidad en Inglaterra donde son voluntarias, que en EE.UU. donde se basa en el sistema de mercado y la sangre es pagada por las empresas for profit).

2. La gratuidad funciona mejor en muchos “servicios relacionales”: no es sólo más humana, es también más eficiente.

3. No puede hacerse crecer la oferta (de trabajo) mediante incentivos de mercado, sino con formas que sean coherentes con el principio de gratuidad. Estudios demuestran que, mientras un trabajador voluntario al que se le paga por cada trabajo no hace nada más gratis, si se le dan “dones” monetarios cada tanto, no sólo no se desplaza la gratuidad sino que se la refuerza (Frey, 2002).

Esto implica que reivindicar la autonomía del principio de gratuidad no significa ver el mercado, el contrato o el dinero como de por sí destructivos de la gratuidad: si está bien administrado, un incentivo monetario puede reforzar (en lugar de desplazar) las motivaciones intrínsecas.

¿Qué tiene de particular la llamada “economía social” (considerada como sinónimo de “economía civil”)?

El principio de gratuidad. Valorado también en términos competitivos y de eficiencia. Gratuidad que no busca transformar el contrato y que no puede ser desplazada, con igual o mejor eficiencia, por contratos sofisticados. Por esto, la economía social, protege y potencia la gratuidad.

¿Cómo hacer para proteger y potenciar la gratuidad?

Valorizando a los trabajadores voluntarios: que bajo varias formas y modalidades, son un componente esencial de la empresa social.

Dando puestos en la actividad normal de la empresa a sujetos en desventaja: como recursos y no como únicamente vínculos (insertarlos en la actividad y no asistirlos).

Buscando seguir siendo “social” aun siendo cada vez más “empresa”: desarrollando una “cultura empresaria de la gratuidad”, que debe impregnar toda la visión de la empresa.

La no distribución de utilidades, ¿es una buena muestra de gratuidad?

Considerar la no distribución de utilidades como elemento típico de la empresa social es, por una parte, muy exigente y por otro lado, demasiado poco. Experiencias como la Economía de Comunión, la Banca Ética y otras basadas en la gratuidad no podrían ser consideradas empresas sociales. Por otro lado, pueden no distribuirse utilidades, pero permitirse miles de formas de repartir beneficios. La cultura empresarial de gratuidad debe traducirse en procesos de buenas prácticas, en una “gestión de gratuidad” que invierta en ella en la cotidianeidad de la empresa.

Breve resumen preparado por Martín Fiuza (mfiuza); por ser un resumen, el presente material comprende únicamente las ideas principales del artículo original. La selección de las mismas, el esquema y las preguntas, fueron diseñadas con fines didácticos y a exclusivo criterio del traductor. Fuente original: Revista NUOVA UMANITÁ XXVV (2003/2) 146, pp. 163-174.