El general escribe con franqueza

Por Rogelio M. Díaz Moreno

Durante la pasada Feria Internacional del Libro de La Habana, adquirí los libros Guajiro y Fronteras, del general cubano Enrique Acevedo. Una vez culminadas las lecturas correspondientes, puedo afirmar que me generaron impresiones muy sugestivas.

Para los que no lo conozcan, Enrique es el menor de los hermanos Acevedo. Durante el alzamiento del movimiento guerrillero en la década de 1950 contra la dictadura de Fulgencio Batista, los hermanos en plena adolescencia Enrique tenía apenas catorce años subieron a la Sierra Maestra para unirse a las fuerzas de Fidel Castro. Al triunfar el movimiento revolucionario en 1959 Enrique, al igual que su hermano, integró las fuerzas armadas del nuevo gobierno y ascendió con el tiempo el escalafón hasta llegar al rango actual.

Ya con esta introducción, se podrá imaginar que esta persona tiene mucho que contar en un libro. También es posible que se despierte una desconfianza razonable. Después de todo, se ha visto ya cierto número de materiales testimoniales de otros compañeros de Acevedo. Por lo general, los relatos son bastante homogéneos, casi asépticos, aptos para insertarse en un texto de historia escolar como los que le gustan al Ministerio de Educación local: rebeldes heroicos, con pocas o ninguna tacha, ejemplos de sacrificio y abnegación; más un enemigo batistiano, imperialista, muy pero muy malo, que no merece siquiera el uso de la palabra.

Por suerte, en todos los rediles hay una oveja negra. O mejor dicho, porque puede que haya muchas, pero solo a una de ellas le preocupan menos las apariencias y manifiesta la mayor sinceridad. La publicación de Descamisados, primer libro de Acevedo, sorprendió a críticos y lectores. La narración en primera persona de las trastadas de los hermanos durante la lucha guerrillera, con estilo desenfadado y simpática frescura, se apartó totalmente del canon en boga. Finalmente, con el apoyo del general de ejército Raúl Castro, este primer libro vio la luz y hasta dio pie a una serie televisiva, si bien muy inferior en calidad.

Guajiro viene a ser la continuación natural de Descamisados. Esta segunda pieza recoge las memorias del protagonista, en los primeros años a partir del triunfo de 1959. Los relatos que disponemos sobre aquellos tiempos turbulentos están violentamente sesgados por los intereses de la feroz lucha de clases que todavía se libra. Cada bando endiosa a sus miembros y demoniza a los contrarios. Esta situación torna dramáticamente original el texto de Enrique Acevedo.

Hay que reconocer la rareza de una narración que, desde el punto de vista de los vencedores, recoja con tanta franqueza las debilidades humanas de los revolucionarios. En estas páginas se desmorona el mito de que el espíritu de rebeldía fuera acompañado siempre por una moral intachable, una austeridad generalizada o algún tipo de pureza espiritual. No es que neguemos a rajatabla la existencia de algún revolucionario que reuniera estas cualidades. Por ejemplo, Acevedo menciona al Che Guevara varias veces en un contexto en el que pone de relieve esas características. Muchos otros de sus compañeros y él mismo, en cambio, dejan bastante que desear para la imagen impoluta que años después nos hicieran creer. Numerosas son las anécdotas referidas, tan escandalosas desde el punto de vista puritano, que más parecieran alardes de varón conquistador de castillos y mujeres.

Hay unos cuantos procesos del período posterior a 1959 que se comprenden mejor después de leer lo que le sucedió a este Guajiro. Por ejemplo, la metamorfosis de los melenudos con barba, bajados de la Sierra, en adalides del pelo corto y el buen afeitado. Estos caracteres exteriores, junto con otros de la estética y la moral de la clase supuestamente vencida, fueron asimilados después de la guerra por el estamento vencedor. Los jefes guerrilleros tuvieron que cursar escuelas militares para dirigir el nuevo ejército, regularizado, y absorber en el proceso un montón de estereotipos de apariencias y conductas, lo mismo de oficiales del ejército anterior que de las fuerzas armadas del llamado campo socialista.

La lectura del libro de Acevedo permite entrever otra arista aún más seria. Los mismos cuadros que dirigían la esfera militar y se formaban en las academias correspondientes, asumían también sin distingos la conducción de las esferas civiles situación que se perpetúa hasta el presente. De aquí se puede comprender la implantación en estas últimas de los mismos hábitos de ordeno y mando, tan nocivos para su desenvolvimiento.

El peliagudo tema del enjuiciamiento de los colaboradores y esbirros de la tiranía batistiana no podía ser obviado por quien sirviera en la fortaleza de La Cabaña durante aquellos meses. Acevedo refleja varios pasajes de aquellos acontecimientos dramáticos. Los sentenciados despiertan pocas simpatías en el joven oficial, que tiene frescos en su memoria y al alcance en las páginas de la prensa aún independiente, las imágenes de los asesinatos y las torturas cometidos por aquellos, pero se percata del exceso de exhibicionismo manifiesto en algunos procesos y no se libra de los epítetos condenatorios que le lanzan madres y esposas de los procesados que le tocaba custodiar.

La politiquería de muchos ñángaras quedan más que al desnudo, ante la mirada de este Guajiro, exDescamisado. Se conoce que la dirección del partido comunista en aquella etapa intentó capitalizar con actitud oportunista el éxito de la Revolución, bajo orientaciones dogmáticas y poco entrañables para el cubano de a pie. En la narración de Acevedo se pueden apreciar escenas de este proceso, indigno también de los muchos militantes torturados por su valeroso enfrentamiento a la dictadura. Igualmente se argumenta, con vehemencia, que la dirección suprema de la Revolución efectuó un proceso de depuración en el partido para unificar a todas las fuerzas nacionales. Ciertamente, Descamisados y Guajiro se parecen poco a mis libros de historia escolar.

Recientemente, el general Acevedo publicó también Fronteras. Este otro texto autobiográfico recoge su actividad en Angola, durante el involucramiento cubano en el conflicto armado en aquella nación. En Angola, el protagonista dirigió dos unidades militares en las regiones fronterizas del país africano, en distintas ocasiones.

La primera ocasión, los hombres bajo el mando de Acevedo estaban dislocados en la zona norte. En esta oportunidad, la actividad combativa fue relativamente menor, lo que no quiere decir que no se vivieran grandes tensiones. El ejército de Mobutu Sese Seko, desde el país entonces llamado Zaire y hoy, República del Congo, cernía una amenaza periódica sobre Angola, particularmente sobre la provincia de Cabinda. El enconado conflicto fronterizo de Katanga también reclamaba la atención de los mandos militares, sin obviar los movimientos UNITA y FNLA, enemigos del gubernamental MPLA.

La narración de Acevedo tiene el mayor interés en esta primera etapa, en la solución de problemas logísticos, así como en la familiarización de los cubanos con las costumbres, cultura y vida de los pueblos angolanos. Estos pasajes especie de recorrido de descubrimiento llevan el mayor protagonismo en la parte inicial, sin desdeñar anécdotas personales, reveladoras de personajes ajenos a los prototipos intachables en nuestra acostumbrada propaganda.

La segunda etapa de su misión angolana, Enrique Acevedo la inicia con un muy mal agüero del entonces general de división, Arnaldo Ochoa. Se recordará que Ochoa fue luego procesado y ajusticiado por un tenebroso asunto de narcotráfico. En aquel momento, el pesimismo de Ochoa resulta una desagradable sorpresa para Acevedo, quien deberá encabezar sus fuerzas la complicada frontera del sur. Para aquel momento, las fuerzas conjuntas de la UNITA y el ejército sudafricano estaban desarrollando maniobras que amenazaban seriamente con derrotar a las agrupaciones cubanas y del MPLA.

La actividad militar ocupa, por lo tanto, mayor protagonismo en esta etapa de Fronteras. Ya no se hace tanto énfasis, como en las obras anteriores, en las posibles barrabasadas y libretazos de los protagonistas. El joven teniente ha madurado y ahora es todo un general: está casado, tiene mayores responsabilidades, algunas canas, tareas de gran importancia y una imagen que defender. Aún así, no se soslayan del todo las facetas humanas y díscolas de los personajes, algunas aventurillas corridas, las bromas gastadas y muchos elementos que no caben en la versión oficial. Resulta significativo el comentario sobre la visita del entonces dirigente juvenil, Roberto Robaina, respecto a quien Acevedo refiere haber percibido una desconfianza de ribetes proféticos.

Con la victoria de las tropas cubano angolanas, la misión concluye; regresan a sus hogares los del Caribe y termina también el recorrido por estas Fronteras. Los aportes históricos y literarios del general Enrique Acevedo, en mi modesta opinión, todavía están lejos de finalizar o, por lo menos, de ser comprendidos del todo.

El gesto de Alfredo Guevara

Cualquier revolución es un hecho necesariamente controversial, tanto hacia “fuera” como hacia “dentro” – hacia el mundo especial que constituyen quienes la hacen. Ha de ser desmontada hoy la práctica novecentista de construir totalitarismos a partir de revoluciones… Alfredo Guevara es también –y hoy más que nunca- una personalidad necesariamente controversial. Nunca pretendió ser de otro modo. Hace ya años pronunció en un encuentro con jóvenes creadores aquella frase tajante “Ahora lo que sí considero imprescindible, es que la sociedad cubana se libere del Estado; y que fue, va a ser y sea Sociedad”. Esa réplica la consideramos parte de su Testamento Político (y esperamos nos perdonen tal atrevimiento) el cual fue entonces publicado por Observatorio Crítico en este blog. Hoy compartimos el testimonio del camarada Julio César Guanche, amigo y compañero de Alfredo Guevara. –OC.

Por Julio César Guanche(jcguanche@gmail.com; blog: “La cosa”)

Alfredo Guevara pasó la mayor parte de su vida con el saco sobre los hombros, en un gesto por el cual era reconocido por la mayoría de los cubanos, por dos razones declaradas: detestaba la guayabera y aborrecía la ritualidad. Cuando obligaciones protocolares le empujaron hacia la guayabera, se rebeló: “siento que solo me faltan las maracas para salir a la calle”. Obligado al saco, se lo dejó por décadas apenas sobre los hombros: parecía que el saco estaba puesto, pero tampoco terminaba de estarlo. Sin embargo, cultivaba con humor el mito sobre el origen de su gesto.

Ahora, el gesto es solo un síntoma, que acaso se explica por otras causas.

En su primera juventud, Guevara frecuentaba junto con otro amigo, blancos los dos, los círculos anarquistas de los trabajadores, mayormente negros, del puerto de La Habana.

Yo era anarcosindicalista. No creo que existiese en la Isla una gran influencia anarquista, pero la República Española trajo a muchos emigrados españoles de esa filiación. Mi novia era hija de un poeta anarquista español. Mis ideas habían nacido antes, pero con ella la relación con el anarcosindicalismo se hizo además sentimental.

Más adelante, los anarquistas nos encargaron a Lionel Soto y a mí que preparáramos un programa libertario, porque éramos los más cultos en un grupo de obreros anarquistas, básicamente del puerto de La Habana, en el que militábamos.

Para redactar el programa, Lionel y yo íbamos a estudiar a la Biblioteca Nacional, ubicada en el Castillo de la Fuerza. Su director, Joaquín Llaverías, era un hombre muy progresista. Allí había libros de todas clases, y comenzamos a leer textos marxistas sobre el anarquismo.

Nos convencimos que debíamos estudiar en profundidad el marxismo. Nos costó mucho trabajo separarnos de la organización anarquista, pero Lionel hizo una opción inmediata hacia el socialismo. Yo vacilé un poco y con el tiempo llegué a entrar oficialmente a la Juventud Socialista y al Partido Socialista Popular.

Teníamos la ilusión de que el triunfo de las fuerzas antifascistas sobre el nazismo debía significar una nueva época para la humanidad. Surgió la ONU, un poco más tarde surgió la UNESCO, es decir todo vaticinaba otra época; comenzó la descolonización, aunque luego resultara un proceso incompleto. [1]

Si su corazón era anarquista, su cabeza lo llevaba al marxismo, pero no quiso hacer una elección que resultara en una exclusión. Guevara se definiría en lo adelante, hasta hoy, como un comunista libertario.

Desde esa convicción, no le era difícil adherir al socialismo republicano español.

La Revolución cubana comenzó a realizar el proyecto que no tuvo secuencia en la segunda república española.

Su influencia nos marcó definitivamente. Para mí es sustancial demostrar que el pensamiento de la Revolución es mucho más complejo que la presencia de los aliados que hemos tenido en un momento dado en el este de Europa y que fueron imprescindibles. El pensamiento de la Revolución tiene raíces mucho más profundas, y entre ellas, una de sus fuentes, está en la experiencia de España.

Cuando entré en la universidad ya la guerra civil española había terminado, pero dejaba hondas repercusiones. Era una época en que muchos teníamos los abuelos o los padres españoles. La población mestiza de Cuba, no la que conservaba enteramente sus rasgos africanos, pero sí una parte importante, tenía una rama española.

Por eso muchos vibraron en su niñez o en su adolescencia con los acontecimientos que condujeron al derrumbe de la República, que encontró luego otro eco en nuestra realidad: la llegada de los refugiados españoles.

No se trata solamente de los profesores españoles que llegaron a Cuba, vivimos el legado de la República española en todos los terrenos, en el constitucional, en la ciencia, en las artes, en la literatura y en la política, en el desarrollo de nuestro pensamiento, de nuestra voluntad revolucionaria y de nuestra cultura.

Aquí, por ejemplo, los pelotaris jugaban un papel. Por otra parte, ahora nos hemos olvidado del fútbol —algunas veces lo recuperamos— pero cuando era joven, la presencia de las sociedades españolas era muy grande. El fútbol competía con el béisbol. Yo no entiendo el béisbol y sigo siendo un apasionado del fútbol. No sería extraño encontrar en el alma de esta generación que va desapareciendo, los remanentes de las influencias españolas también en el deporte.

Esos profesores nos influenciaron porque se preocuparon por Cuba y por sus problemas políticos, por la situación de nuestra generación. Uno de ellos, Gustavo Pittaluga —quiero destacarlo porque en mi generación habanera nadie dejó de leerlo—, no está suficientemente reconocido en España. Estuvo también Fernando de los Ríos, que escribió sobre José Martí. Aunque no estuvo en Cuba, el pensamiento de Ortega y Gasset también tuvo un papel. Antes había pasado por nuestro país García Lorca, quien dejó una huella de admiración tan grande que nos hizo vibrar cuando supimos su muerte terrible bajo el franquismo. Manuel Altolaguirre jugó un papel importante de promoción, conservo algunos de los ejemplares de pequeño formato que publicaba, como El ciervo herido. Éramos antifranquistas militantes.

Desde entonces, Guevara sabía que pertenecía con la misma intensidad a la cultura como a la política, otra vez sin elecciones excluyentes. Si aceptaba alguna materia como “sagrada” serían al mismo tiempo la universidad y la rebeldía, esa edad adulta de la cultura.

Yo he escuchado muchas veces decir que la Universidad era una Universidad burguesa por definición. Claro, era un país dominado por las capas altas y medias de la burguesía, pero en la Universidad de La Habana, la única existente en la época, operaban también los resultados del proceso general de la reforma universitaria que hubo en todo el continente, de la presencia de Mella en la Universidad, de las tradiciones a que había dado lugar, y, después, de los procesos relacionados con la Revolución del 30 y de toda la participación de la Universidad y de sus dirigentes en luchas que pudiéramos llamar estudiantiles, pero que formaban parte de las luchas políticas, que habían diversificado mucho tanto la composición como las orientaciones políticas que podían encontrarse en su interior.

La Universidad era una especie de microclima. El marco de posibilidades de expresión era mucho mayor que en el resto de la sociedad. A la Universidad venía una gran masa de estudiantes del interior del país. Para venir del interior del país a estudiar a La Habana había que tener una posición holgada, no había que ser millonario, pero había que tener ciertos recursos. Estos estudiantes, básicamente de familias pequeño-burguesas, hijos de pequeños comerciantes, etc., hacían una vida muy distinta de aquella que hacían en su familia: vivían cuatro, cinco o seis años de su vida totalmente independientes y, por lo tanto, eran un terreno más fácil para la influencia de las posiciones de los más activos movimientos de ideas en la Universidad. No habían entrado en el ciclo de la vida en que su clase les exigiría jugar un papel como miembro de ella. De esto éramos conscientes y lo utilizábamos para ganar adeptos.

Visto desde este ángulo, debo decir que la minoría, que el grupo avanzado, antimperialista, revolucionario, radical de la Universidad era pequeño. Pero lo cierto es que este grupo era capaz de desarrollar una gran influencia sobre una masa de estudiantes a la cual se le proponían acciones concretas contra injusticias concretas, contra desmanes concretos, y se le iba llevando hacia posiciones más avanzadas.

El ambiente intelectual también contribuía. Fernando Ortiz no era profesor de la universidad pero influía mucho sobre nosotros. Emilito Roig—que tampoco era profesor de la universidad, era el historiador de la ciudad de La Habana—, Vicentina Antuña, Elías Entralgo, que sí lo eran, todos ellos, archirrepublicanos, fueron muy importantes para nosotros.

Raúl Roa era uno de nuestros profesores más admirados. Aunque yo estudiaba Filosofía hacía lo que media Universidad hacía: meterme en las clases de Roa. Él terminaba las clases y se paraba en la Plaza Cadenas a decir palabrotas y todo tipo de horrores sobre la política de la hora. Nos acercaba a todos a las ideas del socialismo, a unos nos encantaba y a otros los comenzaba a “envolver”. Desde luego, había otros profesores que no hablaban en el lenguaje del marxismo, pero eran progresistas.

En ese medio contábamos con figuras tan respetables como Rafael García Bárcena, Suárez Valdés, Luis de Soto —por citar a los que no eran liberales—, Rosario Novoa —en aquel momento una profesora católico-liberal que se adelantó al movimiento liberal de la Iglesia—, con un grupo de profesores de Medicina de ideas adelantadas, como Juan B. Kourí. No se vivía tan claramente, como a veces se ha pretendido, una suerte de hegemonía de la derecha y de los plegados al bonchismo.

Esa es mi experiencia, encontramos gente muy sensible a los ideales de los jóvenes de entonces, creo que eran sus propios ideales, solo que mucho más elaborados, más complejos, y que se llenó de simpatía por nosotros. Sucedía hasta con los reaccionarios como Herminio Portell Vilá, que era pro yanqui hasta el tuétano y anexionista hasta el fondo, pero sus clases eran de debate. Otro que nos acompañaba en todo esto, con otros matices, pero siempre como un gran profesor, fue Jorge Mañach. En mi curso él se estrenó como profesor de filosofía, y presentó a San Agustín. Yo estudiaba frenéticamente a San Agustín para volverlo loco con mis preguntas.

Guevara, el joven que leía La ciudad de Dios, terminó poco tiempo después en una mazmorra, de la que se salvó de puro milagro, para después tener que marchar al exilio.

Estuve varias veces preso, pero la última vez me torturaron y salí muy mal. Estaba en la Novena Estación, la peor que Batista tenía en La Habana. Estaba en la calle Zapata, un centro horripilante donde me destrozaron a culatazos. El policía que tenía asignado vigilarme, al verme en ese estado, puesto él de espaldas, para que no vieran que hablaba conmigo, me dijo: “dame un teléfono”. Gracias a esa llamada me salvé. Intervinieron fuerzas que no eran de esperarse, como la de una burguesía patriótica que existía en Cuba, más bien una aristocracia del siglo XIX, unas grandes señoras, hijas de los patricios, que hicieron una acción muy fuerte al aparecerse en la estación, como también presionó la masonería nacional e internacional para sacarme de allí.

Después de eso, yo no tenía solución en La Habana y se decidió mi salida. Tenía una dificultad para salir. La Embajada de México y la de Brasil estaban dispuestas a recibirme e incluso a recogerme en un lugar, pero yo en la Universidad me había opuesto siempre al asilo, porque había gente que se asilaba a la primera, a la fácil. Como yo planteaba resistir, tenía que seguir luchando, debía defender mucho este principio, y hacía el ridículo si me asilaba. Al final, salí clandestinamente de Cuba. Pasé por Guatemala y finalmente llegué a México.

En esa brega, Guevara conoció de la amistad, y cultivó sus admiraciones más fieles. Experimentó cómo salvar un libro puede significar en un minuto tanto salvar una vida como una idea.

Días antes del asalto al Moncada yo estaba ingresado en el Hospital Emergencias. Raúl me había estado cuidando, y de momento me dice que Fidel lo estaba localizando y se va. No regresó. Llamo a otros amigos, y me dicen que no estaban, que Fidel los había llamado. Comprendí que era el momento y salí corriendo sin perder un minuto del hospital, pues estaba seguro que en breve comenzarían las detenciones tras ocurrir lo que vendría.

El Moncada fue definitivo para mí. Comprendí que la línea del Partido Socialista Popular y de su Juventud no conducía a nada. La sangre del Moncada me unió definitivamente a la insurrección.

Después del asalto me dediqué inmediatamente a limpiar pruebas incriminatorias contra ellos. En las semanas previas, Fidel me había ido a buscar y me pidió conseguirle libros sobre técnica militar soviética detrás de las líneas fascistas y sobre las guerrillas soviéticas. Yo tenía novelas que trataban el tema, y piezas de teatro, muy realistas, pero no lo que él estaba buscando. Le dije: «vámonos a la librería del Partido que a esta hora no hay nadie». En la librería, situada en la avenida Carlos III, encontró algunas cosas útiles, pero no tenía dinero. Como yo era habitual de la Librería dije: «bueno, está bien, yo lo garantizo», y me los fiaron. En el libro de cuentas de la librería quedaron anotados los títulos —todos de militares soviéticos— entregados al Dr. Fidel Castro y garantizados por Alfredo Guevara. Después del asalto me daba pavor que esa constancia cayera en manos de la policía, pues sería nefasto para Fidel en el ambiente anticomunista que se potenciaba en la fecha.

Yo tenía acceso libre a determinados apartamentos usados para la organización del asalto. Me ocupé de limpiar el cuarto de Raúl y de Pedrito Miret, que vivían juntos. Inclusive en un momento llegó la policía, pude marcharme, se fue y regresé al rato, pues olvidé revisar un travesaño donde supuse que Raúl habría guardado cosas. Efectivamente, las había y las quemé. Me llevé la caja de libros de Léster Rodríguez de su casa, a la que logré llegar antes que la policía. Estaban llenas de libros comprometedores.

Me quedaba la angustia de la librería del Partido, asaltada enseguida por la policía. Por fortuna, era una policía tan bruta que no revisaron el libro y el nombre de Fidel no apareció.

La policía de Batista no era la policía sofisticada de represión política que existe hoy en América Latina y en otros lugares. Siempre son bestias, pero estos eran bestias de una ignorancia total. No tenían algún dirigente con sofisticación, salvo, acaso, en el Buró de Represión de Actividades Comunistas (BRAC). La policía se llevaba libros de mi casa que no tenían nada que ver. Leí en un acta policial que recuperé que se habían llevado libros «escritos en clave» —yo era lector de Louis Aragón— y solo estaban escritos en francés. A veces los que podíamos nos comunicábamos en griego, e igual pensaban que eran claves secretas.

Con esa formación, Guevara podía sugerir libros sobre tácticas soviéticas de insurrección, pero su pensamiento fue una insurrección continua contra lo que el marxismo sufriría luego como “marxismo-leninismo” soviético. Ese marxismo sería repudiado siempre por Guevara, desde la polémica con Blas Roca hasta las últimas intervenciones que hizo ante públicos universitarios, que acaban de ser reunidas en un libro que él mismo pudo ver ya impreso en los últimos días, pero no alcanzó a presentar ante el público. Ese libro, que en este minuto se convierte en un resumen de su pensamiento más reciente, deja ver aquellas antiguas influencias y se sostiene sobre una convicción muchas veces repetida por él: el peor enemigo de la revolución es la ignorancia.

Pero Guevara no recibió sus influencias intelectuales solo de profesores de Filosofía.

Yo mantenía relaciones con Zavattini desde antes de mi llegada a México. Desde muy jovencito, siendo yo miembro de un cine-club de La Habana, Zavattini había visitado Cuba y habíamos entrado en contacto. Digamos que me «adoptó», y empezamos una relación. Lo reencuentro en México y por eso trabajé con él. Fue mi maestro. Duró poco tiempo, pero esa personalidad tan fuerte, tan intensa, tan rica espiritual e imaginativamente, me marcó para siempre. Después entré en contacto con Buñuel, y trabajé con él en varios guiones, particularmente en Nazarín. Filmé un documental que ganó el premio Ariel.

Zavattini y Buñuel me marcaron desde todo punto de vista, también éticamente: cómo hacer cine, por qué hacer cine, para qué hacer cine. Están las cartas tempranas, a partir de 1959, de Zavattini y de Buñuel recomendándonos no permitir que el nuevo cine cubano cayera en manos del comercialismo. La ley de cine, que me tocó escribir, afirma que «el cine es un arte». Esa frase refleja la voluntad de eticidad que ellos remarcaban. Por otra parte, al mismo tiempo que aprendía de ellos, buscaba armas en preparación de una nueva expedición hacia Cuba.

Con esa arquitectura intelectual, y con esa vocación política, Guevara no podía comprender la relación entre política “y” cultura, como dos cuestiones separadas. Antes bien, elaboró una comprensión cultural de la política. La historia de la concepción del ICAIC es su manifiesto.

Nosotros estábamos aprendiendo. Éramos todos cinéfilos. Alea y Julio García Espinosa habían estudiado en el Centro de Cine Experimental de Roma. Éramos los que teníamos formación. Los demás no. Los reclutábamos entre los cine club y les pusimos una cámara en la mano a ver qué pasaba. Y lo declaramos: tenemos que improvisar, pero hay que salir de la improvisación rápidamente.

Las grandes empresas distribuidoras eran americanas y lo dominaban todo. Dos empresas, una española y una mexicana, traían películas en español. Trabajaban en un país de analfabetos, con una gran población que no podía seguir los cartelitos y conformaban un público cautivo de películas mexicanas y españolas. Trataron de ganar el público de Hollywood con el doblaje, pero el público no se acostumbró. Lo cierto es que esas tres cinematografías, principalmente la mexicana, dominaban las salas más humildes. Mucha gente veía estas películas porque las más de las veces terminaban con canciones. Con todo, hubo figuras mayúsculas en ese cine que se quedó bastante tiempo después del triunfo de la revolución en la televisión. Y tenía su público.

Nosotros nos planteamos llegar al cine del mundo. Fuimos a Italia, España, Francia y a los países socialistas, cuando empezaban las relaciones con ese campo. Seleccionábamos las mejores películas, pero también un porciento de películas que eran “ligeras”. Todo eso lo hacíamos en medio de tensiones que no eran las mismas que hoy, entonces eran tensiones que incluían la agresión militar.

Checoslovaquia, Polonia y Hungría tenían películas razonablemente bien hechas, y existía una corriente dentro del cine soviético también de películas bien hechas, pero había una masa de películas insoportables. Entraron muchas de esas películas insoportables, y tuvimos que ser más rigurosos.

Nuestra idea sobre las coproducciones era que los países socialistas, que estaban más desarrollados, pusieran los recursos y que los guiones y los directores fueran cubanos. Se hizo Soy Cuba, de la cual el guionista era soviético, película que ahora es de culto, y también se hicieron películas de mala muerte, como algunas que se hicieron con la RDA y con Checoslovaquia.

Por esa fecha, varios técnicos habían ido a estudiar al campo socialista, pero en un momento, por decisión de la dirección del ICAIC, fui a estos países y recogí a todos estos estudiantes, y les dije que se graduarían en Cuba.

Eso se hizo por el cine y por la política. Les dije que vendrían, que nosotros les daríamos el título y que se lo daríamos filmando por todo el país. Y esto pasó porque empezaron a hacerse tesis, igual que se hacen en la universidad, pero filmadas. Y los que estudiaban en la Unión Soviética hacían tesis sobre la URSS con enfoques sovièticos, como mismo ocurría con los que estudiaban en la RDA, Polonia o Checoslovaquia. Entonces nos dijimos: vamos a reencontrar la realidad de nuestro país. Salgan a filmar, les damos películas, les damos cámaras, pero hagan sus tesis sobre la realidad de Cuba.

Así, cambiamos el sistema de formación e hicimos una escuela, pero una escuela para las necesidades del cine cubano. Todavía muchos de los ingenieros y camarógrafos del ICAIC son los ingenieros que se graduaron en esa escuela.

Diseñamos el ICAIC para el cine cubano pero también como infraestructura para el cine latinoamericano. Empezamos a hacerlo casi desde el principio, desde que empezamos a ser. En 1967 ya nosotros estábamos liderando el movimiento, con “nosotros” quiero decir los cineastas cubanos, ya estábamos luchando por integrar a toda América Latina. Por eso digo siempre que el nuevo cine latinoamericano nació en Viña del mar en 1967. Allí nos empezamos a organizar. Era el nacimiento del nuevo cine en todas partes.

Por eso, Alfredo Guevara es el principal artífice de una política cultural que en el ICAIC supo conciliar la experimentación, el rigor y la formación crítica del público con una comprensión sobre el discurso artístico que debe, primero, ser arte, para desde ahí explorar tanto los conflictos esenciales de una nación como el misterio de lo que el propio Guevara, lector de Santa Teresa de Ávila, Bergson y Lezama, llamaba el alma humana, con esa entonación suya que probablemente no se vuelva a escuchar jamás en Cuba. Pero su influencia no se limita al ICAIC. Leo Brower ha dicho que es el hombre de la ideología de la cultura en Cuba después de 1959. En la idea de Guevara, la función del ICAIC no era “hacer” el cine cubano, sino garantizar las condiciones en que ese cine pudiese nacer y desarrollarse: en el ejercicio de la crítica y la polémica, en el respeto al talento, en la comunicación con la sociedad, en la formación crítica de públicos, en el rigor de la formación intelectual de los cineastas, cuestiones todas que son extensivas al campo entero de las necesidades de la cultura cubana actual.

También por ello, su pensamiento comunica la idea de revolución con una de sus grandes pasiones: la potencia revolucionaria del “acaso”, la defensa del privilegio del matiz, la fuerza desmesurada del “sin embargo”.

Habría que preguntarse primero qué es la Revolución. Ella puede ser enfocada desde varios ángulos, pero lo más importante para mí es que el hombre piense y se piense con autenticidad. La garantía, siempre relativa, de la continuidad de la Revolución es precisamente que ese hombre, el joven cubano, piense sobre sí y sobre la sociedad a partir de un debate interno en su conciencia. Si lográramos que a este impulso, a la inquietud por la cultura —que no ha permeado a toda la juventud, pero sí a una parte— le siga una apertura, una provocación del debate, un estímulo a pensar las contradicciones, estaría garantizada de cierto modo la continuidad de la Revolución. El gran logro de la Revolución es que muchas conciencias sean activas, haría falta que todas lo fueran. Si esta pregunta, «cómo imagino el futuro de los cubanos dentro de diez, quince o veinte años», me la hubieras hecho hace una década te diría: «vendrá una época negra, horrible, en que seremos devastados, en que supuestos o reales investigadores trabajarán con papeles y archivos y juzgarán según su voluntad y su gusto. Unos tratarán de conservar limpia la memoria y otros no, pero una generación después seríamos revalorizados, sería revalorizada la Revolución, y, como el ying y el yang, se construiría nuevamente la Revolución».

Hablo de la revolución como hecho espiritual, no del arribo de ciertos habitantes de Miami a tomar posesión del país. Me refiero al espíritu de la Revolución. Esto es, hasta aquí, lo que yo hubiera dicho en la mayor intimidad hace diez años. Yo creo que Fidel lo comprendió, y sintió el paso del tiempo y comenzó a medir el lapso que le quedaba. Ni Fidel ni nadie es eterno. Nuestra Revolución, es la Revolución más cercana a nosotros, pero es parte de una Revolución de una dimensión mucho mayor, dimensión que tiene porque es —en nuestra época— revolución en la mente de la gente, revolución en el saber, revolución en el conocimiento, revolución en el dominio-no dominio del mundo, revolución en la conciencia de si somos y seremos o si no seremos.

He aquí descritas, me parece, las causas de por qué es revolucionario usar el saco a medias. Porque antes que elegir por exclusión, es preferible no confundir coherencia con intransigencia ni lealtad con obsecuencia. Es posible ser revolucionario y odiar las guayaberas, como es preciso para ser revolucionario rehusar las ritualidades que vacían la política y empobrecen la vida. Sí, el acto de usar el saco a medias es un acto de libertad y no solo de originalidad. Es solo una metáfora risueña —Guevara tenía un gran sentido del humor, no muy visible al público quizás por su personalidad intelectual— sobre la libertad.

Por esa libertad corrió los riesgos de la prisión y la tortura. Hasta hoy aquellos culatazos repercutían en su espalda, nunca curada del todo. Pero también comprendió que corría riesgos para tener más libertad, no para paralizarse ante ellos.

En los primeros años del triunfo de la Revolución, le presenté a Fidel un asunto y le dije: «si hacemos esto, las consecuencias pueden ser peligrosas porque si no nos sale puede pasar tal cosa; esto otro es más seguro pero menos «rentable». Hay que decidir entonces». Y Fidel me respondió: «¿Cuándo tú has visto que algo importante se haya logrado sin riesgos». Eso me dijo Fidel, pero es también mi criterio desde hace mucho tiempo. Si hay que correr riesgos, se corren, pero ni la palabra prudencia es deleznable ni los riesgos pueden ser demenciales. No hay modo de hacer algo importante sin asumir riesgos, pero mientras más inteligente y hábil es uno, los riesgos son menores. No obstante, con la cantidad de locuras que he cometido en mi vida, no seré yo quien predique prudencia. No soy el más indicado.

Alfredo Guevara ha sido tratado en este texto como “Guevara”, pero sus amigos y sus compañeros del ICAIC y del Festival, siempre le han dicho Alfredo. Hoy no he podido llamarle “Alfredo”. He intentado ser “neutral” apenas como una venganza contra la desesperación. Ahora que he llegado al final puedo decirle, con su admirado Miguel Hernández: Alfredo, siento de usted una falta sin fondo, pero la llenaré con sus palabras, con sus obras, con su recuerdo y con su presencia. Usted está en lo mejor de lo que muchos queremos pensar y hacer. Gracias, Alfredo, por todo.

[1] Los pasajes en cursiva corresponden a fragmentos de testimonios de Alfredo Guevara, que le tomé en diversas ocasiones. Como él no se decidió a darlos a la luz, permanecerán inéditos. Tampoco son demasiado relevantes, porque, por suerte, Guevara dio muchas entrevistas testimoniales de gran valor. Solo lo consigno aquí por respeto a su decisión. He utilizado relatos cuya redacción él revisó, y cuyos contenidos además él vertió, de modo similar a como aquí se cuenta, en público en diversas ocasiones.

Publicado en La Jiribilla

Coge tu capitalismo cubano aquí! (V)

Los sujetos están omitidos: Si TÚ produces, NOSOTROS tendremos más ingresos… (poster por el XX Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba, en una calle habanera)

Alfredo Guevara: su Testamento Político Libertario para Cuba

Más allá de los obituarios, quisiéramos enfatizar algunas ideas de Alfredo Guevara que no sería impropio considerar como su Testamento Político – sobre un “fenómeno … interesante… subyacente e irreversible: la desestatización de la sociedad cubana.”

Guevara afirmó, enfáticamente: “La sociedad cubana saldrá, parece, de la prisión del Estado. El Estado soltará su presa, quiera o no quiera. ¿Por qué quiera o no quiera? Porque afortunadamente todo lo que puede pasar se hace a partir del poder.” Tales planteos –publicados por OC- son parte de un extenso fragmento de sus palabras en la presentación de un libro sobre Mella, en diciembre de 2010.

Muere Alfredo Guevara

El presidente del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, Alfredo Guevara, ofrece una rueda de prensa, lunes 22 de junio de 2010, en La Habana. ALEJANDRO ERNESTO / EFE

Prensa Latina publica los pronunciamientos de algunos artistas cubanos sobre el recién fallecido intelectual: “El crítico cubano Frank Padrón lamentó aquí el deceso del intelectual cubano Alfredo Guevara, recién fallecido hoy a los 87 años de edad, víctima de un infarto. Alfredo Guevara pertenece a la estirpe de los fundadores, de los que apoyan la creación y el talento, pues él mismo integró esas huestes, explicó en unas breves líneas a Prensa Latina. Como preguntó retóricamente en uno de sus libros, Será una huella. Y tomo ese título prestado para hacerlo a su vez de estas apresuradas líneas. Eso es lo importante, "porque, si, es y será una huella", sentenció. Aunque sabíamos de su enfermedad, de su estado frágil y delicado, creíamos que iba a vivir mucho más, que la muerte en personas como él, siempre activo y laborioso, nunca ocurre. Por ello la noticia sorprende tanto, parece imposible como siempre en estos casos, destacó el ensayista. Se nos fue Alfredo Guevara, el presidente del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y uno de los líderes indiscutibles de ese movimiento fílmico desde los años 60 del pasado siglo. Le decimos adiós, añadió, al fundador del Instituto Cubano Arte e Industrias Cinematográficos, del Grupo de Experimentación Sonora, el intelectual lúcido, el autor de tantos artículos y libros.
El actor cubano Mario Limonta señaló a Prensa Latina que la muerte de Guevara es irreparable. Su obra como fundador del cine post-revolucionario fue trascendental. El gestó del cine cubano contemporáneo y creó una cultura cinematográfica, dijo.”
Nacido en La Habana en 1925, Guevara fue doctor en filosofía y letras de la Universidad de La Habana. Por voluntad propia su cuerpo será cremado y sus cenizas esparcidas por la escalinata de esa institución.

Por su parte, Juan Tamayo (jtamayo@elnuevoherald.com) de El Nuevo Herald en el artículo “Muere cubano Alfredo Guevara, amigo de Fidel Castro y ex director del ICAIC”, reportó que Alfredo Guevara, viejo amigo de Fidel Castro y ex director del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC), murió el viernes en La Habana a los 87 años de edad.

“Guevara había sido internado hace una semana en una clínica reservada para altas figuras gubernamentales, conocida como la Clínica de 43, debido a una condición cardíaca crónica que se había agravado, dijo su amigo Max Lesnik en declaraciones a El Nuevo Herald. El gobernante cubano Raúl Castro lo había visitado en la clínica, agregó Lesnik un comentarista radial de Miami que ha estado en contacto telefónico con un amigo de ambos, el historiador de La Habana Eusebio Leal. Guevara será cremado y sus cenizas será esparcidas en la escalinata de la Universidad de La Habana, un sitio icónico de reunión en las décadas de 1940 y 1950 para activistas estudiantiles como Castro”, puntualiza el periódico norteamericano.

La publicación ecuatoriana El Diario detalla a propósito de la biografía de Guevara: “Nació en La Habana el 31 de diciembre de 1925, fue embajador de la isla ante la Unesco en 1983 y había recibido la Orden Comendador de la Legión de Honor, máxima condecoración que otorga el gobierno de Francia. Inició su actividad en el cine en la década de los años 50 del pasado siglo, y por esa época fue asistente de producción de directores como Manuel Barbachano y Luis Buñuel. Participó en la fundación de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, institución que agrupó a la vanguardia de la intelectualidad cubana durante la década de los años cincuenta. Desde la presidencia del Instituto cubano del Arte e Industria cinematográficos (ICAIC), cargo que ocupó durante 30 años, Guevara potenció, a través del cine, un clima de amplia creatividad artística en relación con la música, las artes plásticas, la literatura y la danza. Durante su primera etapa al frente del Instituto de Cine de la isla apadrinó la creación del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC en 1969, plataforma en la que se gestó el Movimiento de la Nueva Trova cubana, a la que se integraron notables músicos como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Guevara fue miembro del Consejo Ejecutivo de la Unesco, fue vicepresidente del Comité Intergubernamental para el Decenio del Desarrollo Cultural, Miembro del Comité de Honor Internacional por el Centenario del Cine y organizador de su Reunión Regional Latinoamericana. En la actualidad presidía el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y era miembro del Consejo Superior de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, órgano rector de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños (La Habana). En los años sesenta fundó la Cinemateca de Cuba, que guarda la más importante memoria gráfica y escrita sobre el cine latinoamericano y la revista Cine Cubano, la más antigua en su especialidad en el continente.”

Cuba: apuntes “paranoides” sobre el ¿Caso Zurbano?

Por Manuel David Orrio (orrio@enet.cu)

La Habana, 13/04/17.-Acuso recibo por correo electrónico de un artículo al parecer aún inédito de Alberto Abreu, quien bajo el título ¿Puede ser negra la nación? ofrece su aporte al debate sobre racialidad y racismo que tiene lugar en la revista cultural criolla La Jiribilla, nacido tras la destitución del escritor Roberto Zurbano como Director del Fondo Editorial de la Casa de las Américas. (1)

Según noticias, esa destitución se produjo a consecuencia de un artículo publicado por Zurbano en el New York Times, donde habría apuntado que para los negros cubanos, la Revolución de 1959 no ha comenzado. Inicio “con pinzas”, quede claro, porque sobran motivos periodísticos para lanzarse al ruedo en cuasi paranoia, como se verá más adelante.

Me enteré del hecho y de la polémica subsiguiente por mi viejo amigo Tomás González Robaina, autor de imprescindibles textos sobre lo que se ha dado en llamar la “negritud” en Cuba. He seguido el debate, muy de mi interés por razones patrióticas, políticas y personales. Dos parejas, mi anterior esposa y mi actual compañera, son negras. La actual es una reconocida psiquiatra cuya abundante familia rebosa de negros brillantes en lo humano e intelectual. SON MI FAMILIA. PUNTO.

A fuer de franco, yo, "blanquito habanero” criado en el Barrio de La Pera, y ahora un “asere” más del Barrio Chino, he sido toda mi vida de los que ni siquiera "ve" el color de la piel. Adquirí conciencia sobre este cubano racismo "difuso" cuando conocí a mi hoy ex – esposa negra (segunda en mis casorios; la madre de mi hijo, primera, es blanca), e incluso viví una suerte de doble discriminación, porque soy limitado físico por secuelas de poliomielitis. Hube de escuchar entonces frases como ésta:"¡Pero mira qué clase e ‘prieta’ se ha ‘buscao’ el ‘cojo e mierda’ éste; seguro que el tipo tiene un ‘baro’ que llega a Miami!" Era, en honor a la verdad, una de las muy bellas de La Habana de fines de los 90. E insisto: racismo “difuso”. Jamás en mi vida he constatado que la Revolución haya discriminado por el color de la piel de manera institucional, sino todo lo contrario.

No obstante, valga la anécdota para reflexionar sobre cómo conspiran distintas discriminaciones, y si tienen o no un origen común ¿Cuento más? A lo largo de años he sido un entregado activista por los derechos de las personas con discapacidad, incluso miembro del Consejo Provincial capitalino de la Asociación Cubana de Limitados Físicos Motores (ACLIFIM) y dirigente vanguardia a nivel provincial en el 2006.Pues bien, me he alejado de esas tareas, porque si hay un sector de Cuba donde peor me han tratado es entre los limitados físicos, y éso que tengo "status de héroe" por servicios prestados en la Seguridad del Estado, como agente encubierto que se infiltró exitosamente durante 11 años en la contrarrevolución (1992-2003).

Nada de sutilezas ni discriminaciones “difusas”: se llegó al colmo de decir que saboteaba un congreso, en pleno cónclave celebrado en el 2005, porque propuse y sostengo la necesidad de que Cuba tenga una Ley General de Discapacitados, para darle un nombre. Curiosidades, curiosidades: cuando el hecho aconteció estaba presente el entonces Presidente de la Asociación Nacional del Ciego (ANCI), quien captó la idea, la propuso en su correspondiente congreso y devino ésta primera noticia sobre ese cónclave en casi todos los medios de difusión nacionales (2) De paso, ya que aludí a mis años en la Contrainteligencia, ¡cuántos magníficos jefes negros y mulatos tuve!

Con mi actual compañera y su familia también he vivido o conocido manifestaciones discriminatorias por el color de la piel, las que han llegado al punto de negar una vez un empleo a mi cuñada, no obstante ser arquitecta reconocida y profesora universitaria. Ocurrió en los 90, pero pasó. Ella no tenía pruebas para llevar a los tribunales al discriminador…y quedó así, aunque aquel le dijo sin miramientos que reunía todos los requisitos pero "tu color no le va a gustar al inversionista extranjero".De todos modos, se la perdieron. Su modestia me prohibió mencionar uno de sus numerosos logros profesionales.

Uno de mis sobrinos políticos, José Luis Rubio Reyes, ganó este año el Concurso de Interpretación de Instrumentos de Cuerda de la UNEAC, con Evelio Tieles de Presidente del Jurado. Es violinista, tiene 17; ganó con piezas como "Aires Gitanos", considerada obra para graduarse en el Instituto Superior de Arte (ISA), y tiene programado un concierto con la Orquesta Sinfónica Nacional como parte del bien ganado premio. Todos en la familia hemos sido testigos de "serruchaderas de piso" contra el aguilucho, alguna que otra protagonizada por PROFESORES de José Luis. También, en honor a la verdad, podemos testificar sobre muchos que primero han valorado el talento y no el color de la piel…si es que se han fijado en éste.

Dije a mi gran amigo Tomás González Robaina que me siento poco autorizado en tanto que periodista para intervenir en el debate de marras. Jamás escribo sobre algo si no conozco a fondo, si no he investigado hasta la saciedad o, en su defecto, informo al lector hasta dónde avanzó mi conocimiento. Una máxima mía circula en Internet y ha sido citada por más de uno: "el periodista confirma, confirma y confirma".Más si en la discusión que me ocupa intervienen intelectuales conocedores de tan alto nivel, donde el mismo Zurbano — ¿objeto o pretexto de la polémica? — brilla con luz propia.

Sin embargo, mi ser y conciencia antirracistas comienzan a rebelarse contra mis racionalidades, y a tomar nota de algunos hechos que me impulsan a escribir por lo menos estos apuntes, de inicio autorizados a libre circulación. Así pues, aquí van mis “paranoias”:

1.- ¿Por qué la visceralidad de algunos ataques a Zurbano? ¿Acaso la promoción de una urgida y urgente cultura del debate no obliga a saber lidiar en respeto con enfoques erróneos o desmedidos, de suponer que los de Zurbano lo sean? Silvio Rodríguez aconsejó "no caerle en pandilla".Por mi parte, recuerdo las numerosas diatribas que la prensa cubana dedicó al MENSAJE DE LA CONFERENCIA DE OBISPOS CATOLICOS DE CUBA «EL AMOR TODO LO ESPERA»(septiembre-1993)(3),las cuales obligaron al intelectual católico y REVOLUCIONARIO Cintio Vitier a apuntar una frase en un artículo suyo publicado a los efectos en Granma, que parece caída del cielo para la actual polémica:"firmeza en las convicciones, moderación en el lenguaje".De paso, reléase la pastoral de marras: varias de sus proposiciones son hoy POLÍTICAS DE GOBIERNO.

2.- Zurbano destituído de su cargo dirigente en la Casa de las Américas. Por ningún lado he visto Resolución que contenga los "por cuantos" y "por tantos" por los cuales se sanciona. A mí, como cubano de a pie,"se me dice" que fue por la publicación de un artículo polémico en el New York Times ¿Y si fue porque lo sorprendieron dentro de la institución mientras practicaba sexo con una pandilla de nórdicas? Inexplicable, muy inexplicable el silencio de la Casa de las Américas, si parto de que por ahora el escenario del debate es La Jiribilla.

Asimismo, una observación sobre Zurbano: acabo de enterarme de que un FUNCIONARIO CUBANO de ese nivel puede publicar en el New York Times sin determinadas autorizaciones, y no es una particularidad criolla: cuando aceptas ciertas responsabilidades, aceptas también limitaciones a las sacrosantas libertades humanas. Mi impresión, por ahora, es que los superiores de Zurbano se “desayunaron” con el artículo de marras. Manuel David Orrio será un “héroe oficial”. Pero decidió no militar en el Partido Comunista, entre varias razones, para que tal militancia no interfiera en su polémico “ser” periodístico. Nada de “inocencias”, por favor, que bien se me conoce.

3.- ¿Esfera pública, debate público, que en este caso interesa a toda Cuba? Coincido plenamente con Víctor Fowler cuando expresa en su aporte a la polémica que "…es justo agradecer la existencia del nuevo circuito de discusión donde antes había casi nada, pero también recordar que reducir el debate sobre cualquier tema de alcance nacional a lo que ocurre dentro de una pequeña parte del ámbito académico, secuestra la posibilidad de debate público en lugar de potenciarla. Hay que insistir en que el debate académico a ningún nivel (incluso la publicación de un libro), ni el mejor sistema de conmemoraciones posible, ni la realización de esta o aquella reunión sustituyen al debate público en su capacidad de estremecimiento y penetración en las conciencias. El debate público es la suma de todas las tribunas de opinión que el país puede ofrecer a sus ciudadanos (en negritas, por Orrio); o sea, que no es cuestión de calificar como experto, sino de exponer la voz como ciudadano." (4)

“Preguntas del bobo": ¿Cómo es posible que UNA VEZ MÁS los medios de difusión de verdadero alcance para el cubano de a pie permanezcan en silencio? ¿OTRA VEZ MÁS se tendrá algo parecido a la "guerrita de los e-mails", habida cuenta del bien pobre acceso del sufrido Liborio al Internet? ¿Qué pasa, no hay pantalones o faldas para abordar esta polémica en los periódicos impresos, la radio, la TV en general y en particular su programa Mesa Redonda? ¿Más de lo mismo, a las puertas del Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y con Raúl Castro “tocando a degüello” contra los “excesos de secretismo”?

¡Por favor! ¡Que nadie me diga que este debate no es NOTICIA! ¡Que nadie me diga que no es “políticamente correcto” abordarlo en programa televisivo como la Mesa Redonda, o que “le vamos a dar armas al enemigo”! ¡No me jodan, coño, que de vez en cuando las palabrotas valen oro, diría Raúl Roa, NUESTRO Canciller de la Dignidad!

Entonces, me “embarqué”; me “meto en la bronca”. Primero por CIUDADANO; segundo por periodista revolucionario; tercero por mi familia negra y cuarto — no tomen en cuenta el orden de prioridades –, por algunos negros y mulatos “segurosos” que me demostraron ser más que hermanos; por mis “aseres prietos” del Barrio Chino, y también por gente como Yamilé Fagés Plasencia, capaz de haber concluído una carrera universitaria, pese a nacer sin brazos ni piernas.

Y, como Nicolás Guillén en una ocasión, punto, fecha y firma. Así lo dejo escrito.

Notas:

1.- Para consultar todo el debate que tiene lugar en La Jiribilla ir a:

http://www.lajiribilla.cu/articulo/4402/debate-racial-en-cuba

2.- “Envía el General de Ejército Raúl Castro, mensaje de saludo a delegados al VI Congreso de la ANCI. La propuesta de creación de una ley para discapacitados que unifique, implemente y regule las diversas normas y resoluciones que existen en el país para la atención a las personas con limitaciones, recogió el espíritu de las discusiones del VI Congreso de la Asociación Nacional de Ciegos y Débiles Visuales (ANCI), que inició aquí sus sesiones de trabajo este jueves, con la presencia de más de 300 delegados e invitados de toda la nación…”

http://newsgroups.derkeiler.com/Archive/Soc/soc.culture.cuba/2005-1…

3.- MENSAJE DE LA CONFERENCIA DE OBISPOS CATOLICOS DE CUBA «EL AMOR TODO LO ESPERA» Septiembre 1993

http://www.palabranueva.net/contens/0809/000102-6.htm

4.- Víctor Fowler. Derivas con (por, y desde) Zurbano: Dolor, alegría y resistencia.

http://www.lajiribilla.cu/articulo/4278/dolor-alegria-resistencia

Publicado en Hermes